Por: Juan Carlos Gómez

CNTV, Q.E.P.D.

Advierto, respetado lector, que durante los últimos 20 años he abogado por las causas de los actuales canales nacionales privados.

Con esa salvedad, me referiré a la Comisión Nacional de Televisión (CNTV); no para opinar a favor o en contra del actual proceso de adjudicación de un tercer canal, sino para reseñar la desaparición de facto de esa entidad.

La CNTV fue el organismo autónomo e independiente que los constituyentes de 1991 concibieron con el fin de que el servicio público de televisión quedara por fuera del arbitrio del gobierno y se garantizara la competencia, el pluralismo informativo y el acceso igualitario a las frecuencias. De los cinco miembros de su junta directiva, el gobierno únicamente puede nombrar dos.

Pues bien, desde hace un mes, en contra del espíritu y del texto expreso de la Constitución, la televisión está otra vez bajo el control absoluto del presidente de la República, lo cual es un imposible jurídico y configura un fantasma sin competencia legal que se pasea con rabia y pena por nuestra maltrecha institucionalidad. El asunto es tan grave e inaudito como si la Corte Suprema de Justicia se dedicara a nombrar los ministros del despacho.

En ese arrevesado entorno, el pasado jueves en una entretenida audiencia, la CNTV pretendía resolver la adjudicación del tercer canal, como si no estuviera herida de muerte su autonomía e independencia. En medio de advertencias de la Procuraduría y de insólitas exhortaciones al Consejo de Estado, la poderosa junta decidió hacer una pausa, no sin antes culpar de su fracaso a operadores que son sus súbditos y no habrían tenido otro camino que acatar sus decisiones, si ellas se hubieran proferido jurídicamente con oportunidad y solidez. Afortunadamente llega un nuevo gobierno para salvar lo que quede del naufragio.

Cuando repaso la actuación de tantos funcionarios y asesores que han tenido a su cargo el proceso del tercer canal, se viene a mi memoria una historia citada por Agustín Gordillo en su libro "La Administración Paralela" (valga la alegoría). Alguna vez se le consultó a un constitucionalista brasileño acerca de cuál reforma introduciría a la Constitución; propuso la siguiente: "Artigo único: Tudo brasileiro fica obrigado a ter vergonha."

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