Por: Alvaro Forero Tascón

Coalicionismo

Los sistemas políticos tradicionales son el monopartidista, el bipartidista y el multipartidista. En Colombia pasamos en 15 años de bipartidismo, a personalísimo, a multipartidismo.

Lo que estamos viendo en la campaña presidencial es un modelo no tradicional que tiene tanto de multipartidismo como de personalismo: coaliciones entre partidos y líderes políticos. En primera vuelta se están aliando partidos como Alianza Verde y el Polo Democrático con Sergio Fajardo, y el Centro Democrático con Marta Lucía Ramírez. Si llegaran a segunda vuelta candidatos por firmas como Germán Vargas, Fajardo o Ramírez, podrían sumárseles otros partidos como el Liberal, el Conservador, la U, Mira, Cambio Radical y hasta Farc. Es un fenómeno distinto al personalísimo de Macron en Francia, que creó su propio partido, o el de Trump, que se tomó un partido tradicional.

La expresión clara del personalísimo es que la mayoría de candidatos presidenciales se inscribieron por el mecanismo de firmas. Se viene incubando en Colombia desde hace varias décadas a nivel local, con la elección de alcaldes cuyas votaciones tienden a no provenir de los partidos políticos que los apoyan. Y se tomó por asalto el nivel nacional con la elección de Álvaro Uribe como presidente en 2002.

Aunque Uribe creó la apariencia de un nuevo multipartidismo, éste fue muy superficial porque en realidad fraccionó el sistema político para debilitar a los partidos y ejercer el personalismo. Ante la prohibición de su reelección y el rechazo del Partido de la U, se vio obligado a crear un nuevo partido, pero que, a diferencia de los demás, es personalista, porque tiene una naturaleza caudillista, sustentado en su omnipresencia en las listas a Congreso y en la campaña presidencial.

Las coaliciones se producen en sistemas políticos con partidos débiles y con sistemas normativos que promueven la competencia electoral múltiple. Colombia cumple ambos requisitos. La Constituyente de 1991 buscó debilitar el bipartidismo para tratar de corregir la excesiva concentración de poder en los partidos tradicionales que generó el Frente Nacional, y el personalísimo caudillista lo desmontó. Parece coincidencia que cuando termina el principal efecto colateral del Frente Nacional —el conflicto armado— se presenta un altísimo fraccionamiento del sistema político. Pero es posible que no sea coincidencia. El acuerdo de paz con las Farc comenzó a desmontar la estructura que soportaba a los partidos, dejándolos sin la legitimidad de defender la democracia y a los ciudadanos de la violencia, permitiendo una apertura democrática sin precedentes, porque a diferencia de la explosión de decenas de mini partidos en los años 90, esta apertura sí ofrece todas las alternativas ideológicas. Aún el uribismo, que ha logrado mantener viva parte de la bandera populista del odio a las Farc mediante la figura del fantasma del “castrochavismo”, aparece afectado por el fraccionamiento, viéndose obligado a hacer coaliciones para poder llegar a segunda vuelta, a diferencia de las cuatro elecciones de primera vuelta anteriores, que ganó holgadamente, dos de ellas con más del 50 %.

Este coalicionismo electoral desembocará en un gobierno de coalición sin mayorías en el Congreso, algo sin precedentes en la política colombiana.

 

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