Por: Pascual Gaviria
Rabo de ají

Cobrar la apuesta

Está claro que entre nosotros no importa la razón a la hora de desatar los grandes nudos que impone la realidad. Discernir, pensar, usar la inteligencia para resolver problemas está un poco más allá de nuestras rabias y nuestros entusiasmos. Lo razonable, como aquello que tiene proporción y huye de los excesos, no encaja con nuestras lógicas exaltadas y nuestros ánimos de pendencia. Nos gusta más el pulso que pone rojos a los contendientes ligados por su mano más fuerte, que embota la cabeza con exceso de sangre, que el diálogo que pide algo de sosiego en busca de la menos triste y costosa de las decisiones. No nos gusta la razón como ejercicio, nos interesa tener la razón como simple alarde. No importa que se imponga una verdad incompleta y costosa, lo clave es que se puede enrostrar una equivocación, que se logre cobrar la apuesta.

La detención de Jesús Santrich ha mostrado con claridad esa alegría profunda e irracional frente a una amenaza. Millones de colombianos celebran y gritan, cobran e insultan, para demostrar que tenían razón, que estaban en lo cierto, que lo habían dicho, que conocen por dónde va el agua al molino. Las consecuencias que puedan tener la detención y la posible reincidencia del exguerrillero son apenas efectos colaterales, obligaciones para saldar un desafío. Están de acuerdo en cobrar con algo de carne a la manera de Shylock. Para muchos es mejor la desbandada de los enemigos, la desconfianza mutua que puede regresar al conflicto y traer de nuevo las certezas del odio. Renovar la posibilidad de la aniquilación del enemigo es mucho más emocionante que darle una oportunidad al desacuerdo pacífico y la reconciliación. Y si la posibilidad de aniquilación es demasiado, al menos las más cobarde y frívola del insulto. Si Jesús Santrich incumplió unos compromisos largamente pactados y avalados por nuestros tres poderes, es lógico y forzoso que debe pagar las penas estipuladas. Lo que de verdad sorprende es la avidez para que esa posible culpa personal arrastre todo el proceso y renueve algo de caos y violencia. Los procedimientos pactados en los acuerdos de La Habana, los fallos de la Corte Constitucional, las reformas constitucionales que aprobó el Congreso y la ley estatutaria que reglamentó la Justicia Especial para la Paz son vistos como simples obstáculos, farsas para evitar que se aplique justicia. Nuestro simbolismo algo arrevesado hizo que el incidente coincidiera con el 9 de abril y su imagen de los machetes en alto.

Vale la pena recordar que en los últimos 50 años el Estado colombiano ha emprendido, con resultados variados, negociaciones con grupos ilegales más o menos cada década. ¿Será que quienes hoy celebran su razón y piden algo más de acción también recuerdan con alegría el desorden de la última negociación? ¿Les gustaría repetir un proceso donde durante la negociación y desmovilización se cometieron cerca de 4.000 asesinatos por parte de las Auc? ¿Les parece un triunfo la extradición de cabecillas, la cárcel del 1% de los desmovilizados y la estampida de mandos medios y combatientes rasos para comenzar de cero? Luego de algo más de diez años de la entrega de armas de los paras se habla de una reincidencia de más o menos el 25% de los desmovilizados. Hoy tenemos al menos 20 grupos de “combatientes” que apenas durante pocos meses fueron excombatientes. Esos paras que vieron fracasar su proceso son sin duda los principales narcos de hoy. Tendemos a creer que los fiascos del rival político constituyen triunfos. Pero en temas relacionados con la guerra y la criminalidad nos toca compartir las consecuencias de las decepciones. Nos toca cobrar con páginas rojas, con tragedias que siempre confiamos serán ajenas y lejanas.

 

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