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Cobros bancarios, para mi prima

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Entre las malas propuestas que hemos escuchado últimamente de nuestros honorables políticos, se destaca la de prohibir por ley el cobro de unos servicios bancarios. Así vemos cómo el Congreso legisla, una vez más, partiendo de una gran confusión entre costos y precios.

Yo normalmente utilizo este espacio para enseñarle de economía a mi prima de diez años, pero aquí el principio ella ya lo conoce. Ella sabe que los costos bancarios son altos; personal, tecnología, servicio al cliente, seguros y millones de instalaciones físicas para atender al público. Pero, sobre todo, sabe que prohibirle el cobro al banco no hace que esos costos desaparezcan.

–Isabel –le dije–, dime tú: ¿por qué es mala idea prohibirles a los bancos cobrar por servicios?

–Primo, es obvio. El problema no son los precios, que como tú dices simplemente son “mensajeros”, el problema son los costos detrás de ellos.

–Así es, buen análisis. Pero ¿y la solución? Si los costos bancarios son altos e ineficientes, ¿qué hacemos?

–No sé…

–Piénsalo un poco, yo te ayudo. Cuéntame, ¿por qué bajaron los precios de los tiquetes aéreos Bogotá-Manizales?

–¡Ah! Muy fácil. Pues porque Easyfly entró a competir en el mercado.

Mi prima lo entendía muy bien. La legislación debe buscar aumentar la competencia; que el país sea más atractivo para inversiones para que entren más bancos y presionen al resto a bajar costos. Para eso, podemos empezar por eliminar el impuesto del 4x1.000 y las obligaciones de inversiones forzosas, también podríamos ver qué hace falta o qué sobra para que haya seguridad jurídica y un ambiente atractivo.

Hay otras ideas más novedosas, como promover la innovación y la tecnología (apps y empresas) en soluciones bancarias por fuera de este sistema formal. Nequi, DaviPlata y Rappi han innovado para ofrecer alternativas de bajo costo; deberíamos fomentarlas en vez de perseguirlas o hacerles imposible el negocio.

Cuando se prohíbe cobrar por un servicio bancario, se elimina el “precio”, pero no el costo. Confundir esos términos es confundir el síntoma con la enfermedad, donde el mal diagnóstico puede resultar en que el remedio es aún peor. Cuando mi prima me preguntó sobre qué podía pasar, le di mi análisis de posibles consecuencias no intencionadas:

1. Si el banco no puede cobrar por un servicio que presta, ni puede recuperar el costo cobrando por otro lado, no prestará el servicio: en Venezuela bajaron los precios por ley y lo único que lograron fue desabastecimiento.

2. Otra posibilidad es que aumenten otros precios para compensar: si usted tiene un bar y lo obligan a servir almendras gratis, es probable que usted termine cobrando más caro por la cerveza. Así, bajan esos cobros, pero aumentan otros, probablemente más arbitrarios y menos razonables.

3. La tercera posibilidad es que los bancos solo presten el servicio en las áreas urbanas, donde el nivel de movimiento es suficiente para que el negocio sea rentable. Un ejemplo de esto son las cuentas de ahorros: que cuando mueven mucho dinero, están exentas de cuotas de manejo. La razón es que, al mover tanta plata, el banco recupera lo que cuesta proveer el servicio de la diferencia de intereses y puede “regalar” la cuota de manejo.

El problema de esta posibilidad, en la cual los bancos no llegan a la periferia, es que hace la bancarización mucho más difícil para las personas más pobres, les reduce su capacidad de “transferir recursos intertemporalmente” (acceso a crédito) o los condena a hacerlo a través de los gota a gota, que usan la violencia como garantía de pago.

Mi prima sabe que el camino al desarrollo va acompañado de más inclusión financiera. Por eso se debe rechazar esta propuesta, el mundo no mejora prometiendo “almuerzos gratis”.

tinojaramillo@hotmail.com

@tinojaramillo

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