Por: Juan Gabriel Vásquez

Cocaína y turismo

EL MIÉRCOLES PASADO APARECIÓ EN EL Guardian de Londres un curioso artículo —frívolo y oportunista, pero curioso de todas formas— sobre algo que llamaremos “turismo cocainómano”. Hablaba de una de las modas recientes entre los jóvenes turistas del primer mundo: viajar a Colombia para probar “su producto más famoso”.

El texto se abre con uno de esos turistas: un norteamericano que se enorgullece de haber perdido peso desde que llegó a Colombia. “Debe ser por toda la droga”, dice. “Y el sexo”. Después de esta introducción de mala novela hippy, después de este personajito sacado de la contracultura más barata, la periodista nos explica: “Así como uno prueba la carne en Argentina y las caipirinhas en Brasil, en Colombia se prueba la coca”. Y luego empieza a describir paseos a San Agustín en que se puede hacer una parada para tomarse una foto en una fábrica de droga.

Hay tres maneras de reaccionar a este artículo. La primera es la indignada y moralista: Colombia también tiene su lado bonito, los colombianos somos las inocentes víctimas de los drogadictos de todo el mundo, ellos se divierten y nosotros ponemos los muertos. La segunda es menos hipócrita: estos mochileros aburridos vienen con ganas de aventura, y ni se enteran de que sus monedas duras están financiando una guerra sangrienta que ya dura varias décadas. Aunque el conflicto colombiano no es su responsabilidad, sí que se les puede calificar de negligentes o irresponsables. Y la tercera es una de las opiniones más impopulares de la política en nuestro continente, desde Canadá hasta Tierra del Fuego, una opinión capaz de echar abajo al político que se atreva a sostenerla. Me refiero, por supuesto, al hecho de que nada de esto sería posible —ni los muertos que el país pone, ni las décadas de conflicto— si la cocaína estuviera regulada como lo que es: una droga más.

En un momento la periodista dice que la mayoría de visitas a Colombia son visitas “sin drogas. Salvo quizás la cafeína de la espectacular Zona Cafetera, o quizás un trago del aguardiente local en un bar de moda en Bogotá o Medellín”. Ha querido ser irónica, pero le ha salido un instante de lucidez involuntaria. Pues así es: lo único que distingue la cafeína o el alcohol de la cocaína es el grado de intensidad de sus efectos, el daño que ejerce sobre el organismo y sobre la familia y el tejido social; pero la ilegalidad de la una y la legalidad de las otras es una situación de mera arbitrariedad unida, como suele estarlo la arbitrariedad, al puritanismo más ramplón. Y lo fascinante es que a estas alturas uno tenga que repetir lo que ya han notado miles de veces miles de estudiosos desapasionados: que Occidente ya pasó por todo esto, y ya debería haber aprendido la lección. Ochenta y pico de años después de la Prohibición en Estados Unidos, nadie, empezando por Estados Unidos, ha aprendido absolutamente nada.

Y la cosa es muy sencilla. Uno retira la ilegalidad de la ecuación y este artículo se convierte en una crónica, una simple crónica sobre la manera en que toda una generación de consumidores viene a envenenarse a Colombia, tal como se puede envenenar un alcohólico en (pongamos) una whiskería de Chicago. El uno se matará de cirrosis en 40 años; el otro, de insuficiencia renal o paro respiratorio o hemorragia cerebral en mucho menos tiempo. Pero en ambos casos, me parece a mí, matarse sigue siendo asunto del que se mata. La ilegalidad de la droga con que lo hace nunca ha logrado disuadirlo, y en cambio ha creado un mercado de formidables ganancias, una capacidad de corrupción y un sistema de criminalidad que nunca se han visto en la historia. Pero las razones económicas, sociales, históricas o psicológicas que prueban la inutilidad de la guerra contra las drogas no serán consideradas jamás, porque lo que motiva a los partidarios de la ilegalidad no se basa en razones, sino en artículos de fe.

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