Por: María Antonieta Solórzano

Codicia que mata

Es innegable que las emociones asociadas con los valores determinan el curso de nuestra vida personal, familiar y social.

Por ejemplo, cada vez que nos enteramos de que alguien muere de hambre en las calles de una ciudad, se nos encoge el corazón y pensamos: “Esto no puede seguir sucediendo”, y desearíamos actuar en consecuencia.

Sin embargo, cuando un mendigo se nos acerca en la calle la compasión que nos llevaría a ayudarlo no es la única emoción que nos invade. También surge el miedo que nos advierte que es probable que seamos atacados. La misericordia entra en conflicto con el “instinto de conservación”.

¿En qué clase de principios y valores estamos construyendo nuestra convivencia para que seamos ambivalentes frente al dolor y, en consecuencia, la solidaridad con el que tiene hambre se haya convertido en una acción peligrosa?

Desde hace siglos los modelos socioeconómicos oscilan entre valorar la lealtad del individuo con la comunidad para generar abundancia cooperativa o privilegiar el interés personal sobre los comunitarios, facilitando que la codicia competitiva se convierta en una forma “legítima” de ordenar la sociedad.

Nuestro país ha ido ubicándose en el reino de la codicia. En la edición 1534 de la revista Semana nos informan que niños de las 90 familias de la comunidad indígena sikuanis se mueren de hambre y, cuando los llevan a los puestos de salud de Puerto Gaitán, ya es muy tarde.

La comunidad que era nómada antes de la llegada de las compañías petroleras a la zona sabía atender sus necesidades. Pero hoy, confinada al resguardo, no tiene tradiciones culturales para sobrevivir en el asentamiento.

Además, los dineros de las regalías de la explotación del petróleo son invertidos por las autoridades en cosas como un gigantesco arco de concreto que costó $2.500 millones o un festival de verano con Willie Colón y Daddy Yankee a bordo, en el que se gastan $1.200 millones. Como si fuera poco, asignan partidas de dinero para programas de nutrición que, desde luego, no están llegando a sus destinatarios.

Lo delicado es que al aceptar la codicia competitiva, como modo de vida, convertimos el peligro en algo cotidiano y el corazón se cierra. No de otra forma, podemos entender cómo la urgencia de la explotación del petróleo permite condenar a la extinción a los sikuanis, con la conciencia tranquila y el corazón sin piedad.

Como las emociones se asocian con los valores, para determinar el curso que toma nuestra vida personal y social, podemos elegir seguir el curso de la compasión natural y evitar la muerte de los niños sikuanis o privilegiar nuestras necesidades de confort y hacernos cómplices de una nueva matanza en pro del “progreso”.

 

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