Por: Arturo Guerrero

Coetzee y su Jesús sin Jesús

Un escritor de casi 80 años acaba de escribir una trilogía de novelas, en el título de cada una de las cuales aparece el nombre Jesús sin que este figure en ninguna página de ellas. Ese mismo escritor, sudafricano, decide publicar el tercer volumen de esa saga primero en español a pesar de que esta no es su lengua materna.

Los tomos encadenados cuentan la historia de David a sus 5, 7 y 10 años. Se ignora el nombre del país a donde llega, luego de un viaje en un barco grande donde cruzó el océano. Viene de una tierra donde se habla alemán. De hecho recuerda sin entenderla una corta canción lírica compuesta por Mahler a comienzos del XX, sobre letra del poema “Canciones a los niños muertos” en el que Friedrich Rückert llora a sus hijos: ¡Se los han llevado!

J. M. Coetzee, nobel de Literatura 2003, toma a David durante la segunda parte de su corta vida y le saca la entraña a la tradición de Jesús, el Mesías. ¿Quién es este muchachito precoz y atormentado, gran bailarín y mal futbolista, cuyo retrato deja al lector en un helado estado de incertidumbre?

Su pasado se borra entre recuerdos recortados, su futuro es más cierto que el presente lleno de padecimientos físicos y psíquicos, su estancia en la tierra es un contratiempo existencial. Es un niño aliado como Pitágoras de los números enteros, las estrellas, los animales, los huérfanos y criminales.

A medida que avanzan las páginas crecen por parejo la intriga y la incredulidad. En “La muerte de Jesús” –El Hilo de Ariadna y Literatura Random House, 2019- discurren unos padres adoptivos que no se comportan como pareja, viven en apartamentos separados en un mismo edifico y parecen juntarse únicamente para cumplir un deber y un amor con David.

Al niño le suceden asuntos iguales a los de todos los niños: estudiar en academia de música, adorar a su perro, ser capitán del equipo de futbol perdedor. Solo que aprendió a leer memorizando un único libro, el Quijote en versión infantil abreviada. Se niega a cursar la escuela como todos, a sumar y restar porque detesta ultrajar los números celestiales. Afirma borrosamente tener un mensaje que entregar.

Da crédito tan ciegamente a la realidad real de don Quijote, que no solo lo hace su amigo sino que cuenta hazañas inexistentes en el libro original pero presentes en algún mundo del futuro. Es capaz de repetir sin cesar el golpe de dados con idéntico resultado, la moneda que cae en cara y no en cruz.

No son estos minúsculos milagros los que reúnen a su alrededor un escuadrón de seguidores de todas las edades y condiciones, que lo llaman maestro. Su imán va por dentro. Carga con la conciencia de un destino impuesto que lo convierte en huérfano incomprendido. Repudia a sus falsos padres, este planeta le queda chiquito.

Cuando una larga enfermedad, también huérfana, provoca la muerte de David, el lector desazonado no sabe si maldecir o pensarlo dos veces. Tampoco sabe si pelear con la ficción o con la realidad que desnuda esta ficción. Coetzee acaba de meterle los dedos en la boca y de quitarle así la inocencia sobre el origen de los mitos.

[email protected]  

902350

2020-01-31T00:00:05-05:00

column

2020-01-31T00:44:35-05:00

jrincon_1275

none

Coetzee y su Jesús sin Jesús

30

3318

3348

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Arturo Guerrero

Entre el dogma y el encantamiento

Menos prohibiciones, más obediencias

Arcaísmos no abolidos

“La vamo a tumbá”

Mito, rito e institución