Cojones éticos

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Cuando supe que el periodista Jaime Flórez también se sumó a los que en desbandada renunciaron de la revista Semana, en mi alma resonaron varios sentimientos como campanazos de esperanza. Me sentí orgulloso de ser su amigo y admiré su integridad.

Lo cierto es que el actual propietario y las nuevas directivas del semanario, sin inmutarse, prescindieron de su mejor equipo, acaso porque tenían previsto que no convenían para los nuevos viajes, mientras que en los círculos de comunicadores causó gran conmoción la impávida dimisión de editorialistas y articulistas insignes.

Para mi la renuncia de Jaime Flórez tiene significados que sobrepasan lo noticioso. Desde lo puramente humano valoro, como una revelación, que un joven periodista de la base, reportero, cronista, que informa desde el epicentro de las noticias, renuncie al sueldo, al trabajo en una revista prestigiosa, aún sabiendo que en tiempos de pandemia es jodido conseguir empleo.

Nos conocimos en junio de 2016, cuando en el Congreso la representante Olga Lucía Velásquez citó a control político al alcalde Peñalosa y al secretario de Seguridad por los abusos de autoridad y la violación de derechos humanos cometidos durante el cinematográfico desalojo del Bronx. Yo fui vocero de los habitantes de calle afectados por el operativo y Jaime estaba allí cubriendo la noticia porque entonces era reportero estrella de la sección Bogotá de El Espectador. El alcalde salió indemne y orondo de aquel debate, pero Jaime me abordó porque su ecuanimidad le indicaba que la opinión pública merecía escuchar las voces no oficiales, entonces dialogamos en la entrevista más sería que me han hecho. Días después le propuso a su editor que me invitara a escribir, para esa sección, opiniones con mirada callejera, desde entonces hago esta columna semanal.

Un día me dijo apesadumbrado que saldría de El Espectador porque le hicieron una buena oferta económica en Semana y de hecho se mudó a la revista. Varias veces me ha invitado a correrías riesgosas por parches de la indigencia y suburbios del micro tráfico. Da gusto leer sus crónicas y reportajes porque siempre atina en mostrarnos hechos y personajes inadvertidos para los heraldos sensacionalistas.

Para un guerrero informador como él, que no pertenece a ninguna casta o elite de periodistas, cuyos artículos no son diletancias de aristócrata y sin más prestigio que el profesionalismo y la probidad demostrada, no le fue fácil renunciar a la mensualidad con la que costeaba su manutención y un apartamento en arriendo. Se necesitan cojones para que un periodista joven renuncie a la seguridad laboral, para que advierta que el viraje diametral que la revista Semana le dio a sus fundamentos contravienen con la ética y la responsabilidad social de su profesión.

Porque hemos conversado sobre el devenir que al periodismo le deparan las nuevas tecnologías de las comunicaciones, estoy seguro que Jaime es consciente de que las revistas y periódicos del mundo están claudicando de su modo impreso y compiten por posicionarse en tribunas virtuales de concurrencias populosas y por lo mismo rentables, todo lo cual ya está causando indefectibles transformaciones en el oficio periodístico. Mas no por ello, Jaime Flórez y todos los que salieron de semana, rendirían sus principios ante los neo sensacionalismos (Clickbait) ni mucho menos prestarse a ocultar o disfrazar verdades para favorecer gobiernos, partidos políticos o grupos económicos.

Yo sé que el periodista Jaime Flórez no está para oficiar a ritmo “fast news”, tampoco lo veo figurando de “youtuber”, pero su talento y su honestidad sabrán hacerse a un espacio sobre las nuevas aguas de la comunicación, entregándose en cuerpo y alma a la información veraz y de interés público.

EPÍLOGO.

No creo que por la deserción de un puñado de articulistas conspicuos la revista Semana pierda credibilidad, menos que fracase en el mercado mediático. En cambio, los augurios negativos atizarán la fartedad empresarial de Gabriel Guilinsky y la soberbia de Vicky Dávila, quienes no escatimarán maña y saña para demostrar que es mejor negocio ofertar información para la emotividad que para la reflexión

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