Por: Columnista invitado

Cola venezolana

En Caracas no hay trancones sino colas... y una cola para un caraqueño era hasta ahora sólo una fila de carros andando despacio en las horas pico... Estos últimos meses la cola se ha colado en todas la conversaciones venezolanas. Pero no son colas de carros sino de gente.

Como se puede comprobar caminando en las calles de la capital venezolana, estas filas surgen en cualquier esquina y muchos ni saben por qué las hacen. Están ahí para comprar... lo que sea. Algunos porque tienen miedo de que les llegue a faltar algo, otros para hacer negocios... El tema indigna a todos los venezolanos, cual sea su simpatía política, cuales sean las razones que invocan para explicarlas o denunciarlas: acaparamiento, escasez, especulación o corrupción, y a quienes culpan: el Gobierno por su incapacidad o la oposición por su guerra económica y su manipulación psicológica... La única certeza que comparten todos los venezolanos es que no es normal tener que hacer colas para conseguir papel higiénico en un país que tiene las mayores reservas de petróleo del mundo...

En los supermercados del Estado, donde los productos son subsidiados, las autoridades implementaron una suerte de pico y placa para regular las filas que alcanzan a veces centenares de personas: los días de compra de los ciudadanos dependen de sus números de cédula. En las colas, funcionarios denuncian las “compras nerviosas”, explican cómo consumir de manera racional, es decir, sólo lo que uno necesita, y aconsejan privilegiar el consumo de frutas y vegetales —que no faltan— cuando no hay harina.... Hay colas frente a comercios privados que varían según los días; hay tiendas donde se consigue pollo cuando en la ciudad entera el rumor dice que no hay. Hay cola frente a la farmacia para comprar jabón, pero no hay cola dentro para conseguir los tubos de pasta dental que cubren los estantes. Y nadie —excepto un turista— se atreve a pedir aspirina, que falta desde hace tiempo. También hay gente que se rehúsa a hacer cola: compra lo que hay, compra más caro, manda a otros a comprar y a hacer cola...

Al mismo tiempo, la mayoría de los restaurantes están llenos, con menús diversificados; los centros comerciales están menos surtidos que en Bogotá, pero tampoco están desiertos. Y si algo parece que no hace falta es el dinero, por donde viene la distorsión más fuerte de la economía venezolana: las tasas de cambio del dólar, que varían de 6,30 bolívares (oficial) a 180 en el mercado negro, y la inflación anual, que supera 60%. Al final, lo más impresionante no son estas colas que la mayoría de los venezolanos hacen con una infinita paciencia, sino más bien la locura generada por cualquier tentativa de poner un valor a un producto, a un trabajo... en una economía que empuja a la mayoría de los ciudadanos a vivir de trucos —y a veces de las colas—, para no decir de la corrupción inherente a tal sistema...

 

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