Por: Nicolás Rodríguez

¿Colaborar o sabotear?

Gracias a la buena disposición para el diálogo del padre Francisco de Roux, el nuevo director del Centro de Memoria Histórica, Darío Acevedo, fue recibido con menos resistencias por parte de la Comisión de la Verdad. No es poco lo que está en juego para las víctimas que, con muchos esfuerzos, han vuelto a creer en la institucionalidad.

Acevedo ha sido particularmente ambiguo frente al reconocimiento del conflicto armado. Defiende una serie de ideas más partidistas que políticas, en las que el marco general de los derechos humanos y el derecho internacional humanitario está supeditado a la promoción de las grandes tesis uribistas sobre la violencia: el pasado lo define una amenaza terrorista y no un conflicto armado; la violencia del Estado no puede equipararse moralmente a la de las guerrillas; la alianza estratégica entre los paramilitares y el Ejército fue un tema de manzanas podridas, etc.

Es, por tanto, apenas normal que muchas asociaciones de víctimas retiren sus archivos del Centro de Memoria Histórica o pretendan hacerlo. No confían en su director. El desacuerdo es más amplio aún si se toma en cuenta que la justicia transicional es considerada por una facción del uribismo como parte del problema, y no la solución. Tampoco ayudan las dudas sobre la presunta cercanía a las ejecuciones extrajudiciales de la nueva cúpula del Ejército.

Para efectos prácticos, podría decirse que el Centro de Memoria hizo las veces de una primera comisión de la verdad. La enorme cantidad de voces y testimonios que recopilaron y ayudaron a interpretar les facilita el trabajo a la JEP y a la Comisión de la Verdad acordadas en La Habana, que ya no parten de cero.

El nuevo director tiene la posibilidad de incorporar aquellas memorias que considera que no han sido suficientemente atendidas (aunque el Centro sí trabajó con militares y produjo informes críticos frente a las guerrillas) sin descuidar el compromiso adquirido con las demás.

 

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