Por: Columnista invitado

Colapsó Bellas Artes, nuevamente

Isabel Cristina Ramírez Botero*

El viernes pasado colapsó una nueva parte del edificio de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad del Atlántico. El colapso se dio en dos etapas, la primera en la madrugada y la segunda a las 4:06 de la tarde, mientras yo, desde la ventana de mi estudio, levanté por azar la mirada y tuve que presenciarlo. Junto con el estruendo del derrumbe se me heló el corazón. Este increíble suceso es reiterativo, hace 8 meses se derrumbó un bloque completo del pabellón de música y hace 8 años el taller de grabado (que volvió a ceder dos años después). Todos los eventos han sucedido en horas de la noche o mientras el edificio estaba desocupado, y es por esto que nuestros estudiantes dicen “nos volvimos a salvar”.

La suerte nos ha acompañado para preservar lo más sagrado, la vida, pero esto no puede distraernos del hecho de que sea absolutamente inadmisible que los salones de una universidad pública se derrumben. Que haya llegado a suceder una vez, hace ocho años, me parece inconcebible, pero que siga pasando reiterativamente lo considero un ataque incesante y alevoso contra la vida y la dignidad, y, al mismo tiempo, un grave atentado contra el arte y la cultura de la región Caribe, y contra el derecho fundamental a la educación. Sucede también que cuando los hechos son reiterativos terminamos por acostumbrarnos y entonces ahora ya no nos sorprenden. Perdemos la perspectiva para darle su verdadera dimensión.

Por supuesto que desde el viernes no he dejado de pensar en cómo este hecho me interpela a mí como profesora, académica e investigadora de la facultad. Debemos pensar críticamente esta situación y seguirle dando herramientas a nuestros estudiantes para que puedan entender la historia de la universidad, de Bellas Artes y del campo artístico y cultural en Barranquilla.

Como profesora de historia del arte me parece fundamental que entendamos con perspectiva histórica estos hechos desgarradores para que llenemos de sentido nuestras posturas y para que tengamos mejores herramientas para exigir y propiciar cambios. Yo sigo creyendo en la educación y en la formación de mentes críticas que con mayor conciencia tendrán mejores posibilidades de actuar en el contexto, mucho más si se trata de una escuela de artes. Insisto, como lo he dicho en mis investigaciones, en que el campo cultural en la ciudad sigue siendo incipiente y que las instituciones que lo sustentan siguen en un proceso de precariedad importante, el derrumbe de la escuela de artes de Barranquilla no puede ser visto de manera aislada del estado en el que está el teatro Amira de la Rosa, la reciente crisis del Museo del Caribe, entre otros.

Y tampoco puede entenderse por fuera de la historia de todas las instituciones culturales durante todo el siglo XX, este fin de semana he vuelto sobre mis archivos para refrescar la memoria y ver la reiteración de este tipo de hechos. Es una misma historia que se repite incesantemente: los reclamos por tener un teatro en la ciudad o por rescatar el existente, las discusiones por el edificio de Bellas Artes (que si se amplía, que si se vende, que si se le quita el teatro para dárselo a otra institución), y los paros de los estudiantes y las continuas crisis, etc., etc. Todo esto viene sucediendo desde hace décadas. Por todas estas razones, y porque se trata de la escuela de artes (es decir de un centro estructural de la producción de pensamiento y de conocimiento) considero que esto tiene que ser un motivo para pensar mucho más allá de la coyuntura.

*Profesora Asociada. Facultad de Bellas Artes. Universidad del Atlántico

 

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