Por: Javier Ortiz

Colombia cabalga sobre otro Bicentenario como jinete que no termina de acomodarse en silla

El presente y el futuro no pueden ser inferiores al pasado, y es un axioma común decir que el pasado solo habla a partir de las preguntas que le hagamos desde el presente. El país, como un jinete que no termina de acomodarse en la silla, cabalga sobre la conmemoración de otro Bicentenario: el de la Batalla de Boyacá, ocurrida el 7 de agosto de 1819. Ya que estamos ahí, por lo menos intentemos cambiar las preguntas, darle la vuelta al asunto para no seguir repitiendo una tradición centralista bicentenaria que se expresa hasta en lo simbólico.

En 1919, durante la celebración del Centenario de este hecho, la nación todavía recordaba la experiencia nefasta de la Guerra de los Mil Días, cuyo resultado más catastrófico —además de la cantidad de muertos desperdigados por la geografía nacional— había sido la perdida de Panamá. Lo que estaba en el ambiente era la necesidad de construir un relato unificador que exorcizara, por fin, el fantasma de los separatismos y el desmembramiento nacional. Pero toda conmemoración es un ejercicio que pone en escena batallas de la memoria. Implica pensar las hegemonías, los discursos alternos, las acciones, las contradicciones, los acuerdos, las negociaciones y las exclusiones presentes en la construcción de la identidad histórica.

En 1913, durante el gobierno de Carlos E. Restrepo, el Congreso de la República emitió la Ley N.º 8 del 29 de agosto, con la cual se dispusieron las acciones para la celebración del primer Centenario de la Batalla de Boyacá, en 1919. Sin embargo, la atribución oficial de esta fecha como el punto de partida de la consolidación de un Estado-nación independiente políticamente, como el momento fundador de la nacionalidad, generó interesantes debates en diferentes zonas del país. Varios lugares exigían para sí el protagonismo de ser los sitios —en otras fechas y con otros actores— en los que se había sellado la independencia de la nación.

El intento de construir una memoria unitaria, como lo ha expresado de manera rigurosa el historiador Raúl Román Romero en su libro Celebraciones centenarias, había generado otras voces que reclamaban protagonismo en las efemérides nacionales. El 10 de noviembre de 1920, por ejemplo, San Juan de Ciénaga celebró su centenario como ciudad independiente, porque consideraba que la batalla que había proclamado su independencia había ocurrido el 10 de noviembre de 1820 y que los héroes que había que destacar eran los generales Carreño, Maza, Padilla, Brión y Carmona. Para los cienagueros y las autoridades de Ciénaga, “la batalla librada aquel día figura en nuestros anales como la hora final de la denominación peninsular en el extinguido virreinato”, y con ese acontecimiento providencial “vino a la vida internacional en su reemplazo el establecimiento de la república que en su evidencia garantiza los derechos de todos”.

Para esas mismas fechas, Cartagena de Indias reclamaba la necesidad de ponderar el 24 de junio de 1821, la denominada Noche de San Juan —con el mulato José Padilla a la cabeza—, como la acción bélica ocurrida en la bahía de Cartagena que había expulsado al último reducto español del territorio nacional y que, por tanto, este acontecimiento debía también tener un lugar destacado en el calendario cívico nacional.

Este país no aguanta más exclusiones. Todavía seguimos matándonos por ellas. Conmemorar otro Bicentenario que no ponga en cuestión los relatos históricos y las memorias hegemónicas que avalan simbólicamente esa exclusión es una forma de seguir siendo inferiores al pasado.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Javier Ortiz

Corre, hermano, corre

La vuelta de Coronell

Racismo cotidiano

Como conejos

La Filbo y los militares