Por: Héctor Abad Faciolince

Colombia en bicicleta

Escribo esto el 26 de julio, después de que el granizo nos aguara un poco la fiesta de Egan Bernal en la cima del Col de l’Iseran, en los Alpes franceses. El nuevo as del ciclismo colombiano no pudo terminar su asombrosa faena, y nunca sabremos si en ese último descenso (17 km) y en la última subida hasta el Muro de Huy (7,4 km) la distancia entre él y el líder anterior, Alaphilippe, hubiera disminuido o aumentado. Tampoco sé si acortar la etapa del sábado lo perjudicó o favoreció. Mejor no especular. Lo que sabemos hoy viernes es que Colombia nunca había estado tan cerca de ganar, al fin, un Tour de Francia, la carrera ciclística más codiciada y prestigiosa del mundo. Espero que este domingo, al abrir este periódico, estemos celebrando.

Muchos tratan de explicar el poderío de Colombia en el caballito de acero (solo hay un país con tres corredores en el top ten del Tour) y proponen distintas teorías. Las ventajas genéticas que trae la milenaria adaptación a la altura de los indígenas originarios de las cimas de los Andes, es decir, su capacidad torácica y pulmonar para contrarrestar la falta de oxígeno; el hecho cultural, más que genético, de vivir a gran altitud todo el año, lo cual eleva el hematocrito y lleva más glóbulos rojos a los músculos; la obligación de transportarse y entrenar en cuestas muy empinadas; la tradición de grandes ciclistas que llevan decenios ganando carreras en el mundo entero, lo cual estimula y hace soñar a los niños.

Todo lo anterior tiene algo de verdad. Pero hay otro hecho, más sociológico, que propuse hace años como causa en este mismo periódico: “El único espacio verdaderamente público en este país son las calles y las carreteras. Casi todo lo otro es privado, y está cercado, cerrado, prohibido e inaccesible para los ciudadanos. Eso hace que sea el único deporte que se pueda practicar libremente, y sin tener que pagar por el espacio (las canchas de tenis, de básquet, de fútbol, las piscinas, las pistas, son cerradas y casi siempre de pago). De hecho, el otro deporte en que nos destacamos, el patinaje, también se entrena en la calle”. Somos fuertes en ciclismo porque es el deporte que más se practica; y se practica más porque las carreteras y las calles no les están vedadas a nadie.

Ningún deporte nos ha dado tanta gloria y felicidad como el que se practica sobre bicicletas. Este solo hecho nos debería impulsar a ser el país de la bicicleta, el medio de transporte más limpio, más seguro, más eficiente que haya sido inventado nunca por el ingenio humano. Este triunfo de Egan Bernal, que espero se dé, debería impulsarnos a proponer la bicicleta como transporte ideal, ejemplar, sano, ecológico, de los colombianos. Ojalá este triunfo lo podamos celebrar en bicicleta. Colombia no es plana, como Holanda, pero son las cuestas y la altura lo que ha hecho grande nuestro ciclismo. Y para los más viejos y cansados, como el suscrito, están las ayudas eléctricas, cada vez mejores en las ciclas de pedales.

La bicicleta tiene la gran ventaja de ser al mismo tiempo deporte y medio de transporte, fiesta y utilidad, sufrimiento y diversión, pero sobre todo movimiento limpio, rápido, respetuoso del aire, saludable para el cuerpo y para el medio ambiente. Los mayores triunfos deportivos de nuestra historia deberían celebrarse con ciclovías y carriles exclusivos para bicicletas tanto en la ciudad como en las carreteras, y con la defensa de los derechos de los ciclistas, que deben tener prelación en el tráfico.

Se acercan las elecciones a alcaldías y concejos municipales. Qué bonito sería que los aspirantes a estos puestos se unieran a las alegrías que nos da el ciclismo colombiano promoviendo el uso de la bicicleta y protegiendo a los ciclistas, tanto a los que compiten como a los que simplemente se transportan en ellas. Colombia lo tiene todo para ser un país de ciclistas profesionales y aficionados. Tendríamos ciudades más sanas, más limpias, más silenciosas y tranquilas.

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2019-07-28T00:00:42-05:00

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2019-07-28T00:15:01-05:00

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