Por: Arlene B. Tickner

Colombia en el Consejo de Seguridad

El trailer del estreno colombiano en la presidencia rotativa del Consejo de Seguridad (CS) de la ONU viene mostrándose desde el discurso de posesión de Juan Manuel Santos, en el cual el nuevo mandatario esbozó una serie de lineamientos de su política internacional.

Entre éstos, tal vez lo más inesperado fue la alusión enfática que hizo a Haití. Si bien las referencias a Ecuador y Venezuela obedecían a la intención de restablecer relaciones con los vecinos y de enfatizar la importancia de América Latina para Santos, el objetivo tras su llamado a la solidaridad con el pueblo haitiano no era tan claro, más allá del deseo discursivo de instaurar un mayor liderazgo mundial.

Una vez confirmada la elección de Colombia al CS, la priorización de Haití se ha convertido en una apuesta astuta para dejar huella en el escenario internacional y articular varios objetivos internos y externos del gobierno Santos, relacionados con la “prosperidad democrática”. Primero, brinda la oportunidad de “vitrinear” el nuevo papel como país oferente de cooperación y no sólo receptor de ayuda internacional, y de acreditar su know-how técnico y operativo en temas como narcotráfico, crimen organizado y seguridad. Segundo, constituye un punto de convergencia entre el gobierno Santos y los demás países de Suramérica (sobre todo Brasil), que han liderado la Misión de Estabilización de la ONU y proveen un 70% de su pie de fuerza. Y tercero, permite llamar la atención sobre las limitaciones de la ONU en temas como el conflicto violento y los estados fallidos.

Con el fin de posicionar los aportes del país en los temas de paz y seguridad en Haití, las posturas adoptadas por la delegación colombiana desde que asumió su asiento en el CS han girado en torno a la centralidad de la reconstrucción de las instituciones del Estado, la necesidad de colaborar con actores locales para asegurar la sostenibilidad de las acciones de la comunidad internacional, la deseabilidad de “desmilitarizar” las operaciones de mantenimiento de la paz y la importancia del desarrollo como componente neurálgico de la pacificación.

A pesar de ello, la presidencia del CS coincide con un mes turbulento a causa de Libia y el mundo árabe en general, con lo cual la estrategia colombiana enfrenta serios retos. No es claro qué propone frente al descalabro haitiano, más allá de exhortar a la comunidad internacional a que cumpla con la ayuda que prometió después del terremoto. En medio de eventuales debates sobre la entrega de armas a los rebeldes libios o los pasos a seguir después del abandono del poder por parte de Gadafi —que Colombia tendría que protagonizar— podría diluirse una propuesta más audaz frente a Haití. Más aún, habría que sopesar si los intereses propios del país se beneficiarían más aliándose con Estados Unidos o acercándose a la posición de naciones como Brasil e India, que es también la de la mayor parte de Suramérica.

En el próximo mes, el Gobierno colombiano lidiará con un sinnúmero de problemas y consideraciones que pondrán a prueba su preparación para este estreno. Esperemos tenga éxito.

* Ph.D. Profesora Universidad de los Andes.

 

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