Por: María Teresa Ronderos

Colombia en estado frágil

Hace unos días estuve en una conferencia sobre Estados Frágiles, la categoría con la cual los internacionalistas ahora llaman a aquellos países que no son capaces de proveerle a la mayoría de su población, con cierta eficacia, seguridad, justicia y bienestar social.

 Es una versión más propositiva de la categoría anterior de Estado Fallido porque lo que está frágil, no está del todo roto y, si se actúa bien, se puede reparar.

A la vuelta del siglo, a Colombia la metieron en la categoría de Estado Fallido, pero hoy ni la incluyen en la de Estado Frágil. “Su país es un ejemplo”, dijo uno de los conferencistas e invitó a todos a entender mejor el caso colombiano para poderlo imitar. Mi reacción instintiva fue sentirme orgullosa. Pero después me quedé pensando… No somos aún un país normal, con los problemas comunes del desarrollo que tienen Perú o Bolivia. Nuestras cifras de homicidios siguen en los primeros puestos de las listas mundiales, por encima de México con todo y su narcoviolencia. Las de la desigualdad se ganan campeonatos planetarios, por encima de Afganistán y de Sudán.

Claro está, Colombia no es Kenia, con pleitos tribales graves y en cuya capital, el grupo islamista al-Shabab de la vecina Somalia vuela centros comerciales. Tampoco es Egipto, donde el sueño de la primavera democrática puede terminar en otra dictadura militar, desde que cayó en julio pasado el presidente civil Morsi. Ni Burma, donde después de 20 años de un duro régimen militar, estrenan democracia, con dificultades pues los budistas resienten a los musulmanes y ya ha habido violencia étnica grave.

De lejos al menos, Colombia se ve como una democracia homogénea y estable, con instituciones sólidas que impidieron que un caudillo se apoltronara en el poder y que condenaron a 62 congresistas cómplices del crimen a la cárcel; que ya consiguió desmovilizar un ejército ilegal y está en proceso de negociar la paz con el otro, después de haberlo golpeado militarmente; y qué está restituyendo a sus víctimas, e invirtiendo miles de millones en subsidios para los marginados. Eso, sin contar una economía que casi no ha parado de crecer en medio siglo ¿Cuál Estado Frágil?

El problema es verlo por dentro. Grupos extremistas vuelan una línea férrea carbonera, sin que puedan explicar cuál es la lógica de destruir capital productivo en un país donde éste escasea. Nuestras modestas primaveras de estudiantes y de campesinos que claman por inclusión y acceso democrático a la economía terminan en falsas promesas, cuando no en persecuciones criminales a sus líderes.

No hay dictadura militar aquí, pero cuando algunos en el Congreso propusieron un filtro más exigente para ascender generales, y un mecanismo para retirar con deshonra a los Santoyos y Rito Alejos que se cuelen, el propio ministro civil pide que hundan el proyecto por “peligroso” para la moral de la tropa, como si se respetaran más a los muchos valientes oficiales, dejando subir a los malos o permitiéndoles portar el uniforme y las medallas que han deshonrado.

Nuestros conflictos no son religiosos, pero sectas y personajes radicales (el puro centro, el progresismo caníbal, el procurador intolerante de la moral ajena) ocupan un espacio cada vez mayor en la política con su rabia e impiden que el país pueda acordar unos consensos mínimos para proveerle a la mayoría de su población, con cierta eficacia, seguridad, justicia y bienestar social. Su política furibunda se nutre del atraso. Por ello, a pesar de las apariencias temporales y externas, seguimos siendo en realidad un Estado sumamente frágil y, lo que es peor, no podemos ponernos de acuerdo en cómo repararlo.

 

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