Por: Ana Milena Muñoz de Gaviria

Colombia en la campaña de E.U.

LA POLÍTICA ELECTORAL Norteamericana se ha visto enfrascada en el tema de Colombia que, aunque siendo de poca importancia para los candidatos, ha tomado connotaciones importantes.

Primero han sido las posiciones de los candidatos demócratas que, al ser interrogados sobre América Latina, se refieren a Colombia como un país en el que se violan los derechos humanos y muy especialmente los derechos y la vida de los sindicalistas; igualmente han hecho suposiciones sobre la convivencia de la sociedad con los paramilitares y han dado a entender que el Gobierno tiene relaciones con ellos.

Luego, y en menor grado, se ha presentado un escándalo en la campaña de Hillary Clinton, pues el principal asesor de la candidata, Mark Penn, quien es el presidente de Burston Masteler, tiene la doble condición de ser su asesor y a la vez lobbista del Gobierno colombiano en el TLC, tema en el que ésta tiene una posición adversa a los intereses nacionales. Mal hizo el señor Penn en aceptar la asesoría, pues existían incompatibilidades y conflictos de interés, por lo que terminó renunciando a ambos contratos. Pero lo peor de este asunto es que nuestro país termina provocando una situación indeseable en la que la ética se ve comprometida y se genera una evidente molestia.

Para completar el panorama, el presidente Bush decidió presentar el TLC ante el Congreso sin acordarlo previamente con la mayoría demócrata; ello significó claramente que este grupo político se sintiera desafiado por la administración republicana, así como también aquellos que buscan cambios en la norma y que lograron que este no sea un proceso legislativo de fast track de 90 días, sino que se puedan demorar más en su estudio.

Colombia se metió así en la campaña política americana, y no sólo en el debate entre los candidatos demócratas Obama y Clinton, sino que tiene un papel en las posiciones divergentes de los dos partidos tradicionales. Como se dice allá, nuestro país es un issue, pues de la posición que se asuma ante nosotros depende el voto de los sindicatos, el de los latinos y, por lo demás, determina situaciones de alta política internacional en la medida en que Colombia es el principal aliado de los Estados Unidos en la región.

Estamos de nuevo en la palestra de la vida política norteamericana y de todo lo que significa esta situación; lo cierto es que nos va mejor con los republicanos que con los demócratas. Los hechos en este sentido han sido históricamente contundentes, pues los republicanos entienden mejor la complejidad de lo que pasa en nuestro país no sólo en cuanto al conflicto que vivimos, sino en relación con los temas de la droga, de la guerrilla y de los paramilitares, del crecimiento y de la pobreza y de las relaciones difíciles con nuestros vecinos. No hay que olvidar que el gobierno del presidente Clinton fue muy duro y complejo en sus inicios con el caso colombiano y con el tema del narcotráfico y los derechos humanos. Con el tiempo, con posiciones críticas de instancias americanas y con la salida de Samper aflojó y apoyó el Plan Colombia que ha continuado y fortalecido el presidente Bush.

Los demócratas se han volcado en la Cámara contra el TLC bajo la tutela de la presidenta de la institución, Nancy Pelosi, con argumentos como la pérdida de empleo para los estadounidenses y la violación de Colombia a los derechos humanos de los sindicalistas. Hoy lo cierto es que el TLC está en el congelador y que nuestra posición, una vez más, no es cómoda para nadie, ni siquiera para quien consideramos nuestro principal aliado.

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