Por: Juan Carlos Botero

Colombia, en una palabra

No deja de ser triste, y también dramático, que gran parte de la problemática de Colombia se pueda resumir en una sola palabra: exclusión.

Sin duda, varios de los conflictos más antiguos del país, aquellos cuyas raíces se hunden en lo más profundo de nuestro pasado, los que se han prolongado en el tiempo y se han convertido en las contiendas más candentes y recientes, tienen su origen en esa realidad. En el hecho de que unos pocos han excluido a otros muchos del espacio político, del proceso decisorio, de la educación, de los bienes materiales, de la justicia, de la propiedad y de la tierra. Las causas que explican el subdesarrollo, el narcotráfico, la guerrilla, la delincuencia común, el analfabetismo, la injusticia social y la falta de equidad económica son muchas, naturalmente. Pero el hilo común que se manifiesta en todos estos problemas, un aspecto que surge y se repite en cada uno, en mayor o menor grado, es la infamia de la exclusión. En el hecho de que una minoría ha excluido del bienestar a una masa inmensa y mayoritaria del país, la que ha permanecido marginada, sin poder gozar de los mismos privilegios, ventajas, oportunidades y riqueza.

Claro, hay individuos que son simplemente unos canallas; otros, asesinos; otros, violadores; y otros que son delincuentes malvados y perversos. Puros. No digo que este concepto lo explica todo. Pero sí explica mucho. Porque buena parte de la historia de Colombia es la tragedia de unos que han dejado por fuera a millones, a la vasta mayoría, del amparo del Estado, del progreso, del respeto y de la dignidad. Nuestra historia ha sido una larga ignominia en donde pocos han determinado el destino de muchos, y esos pocos han sido los dueños de los recursos, de las empresas, del poder económico o del político. Y esa exclusión ha motivado y estimulado el surgimiento de la protesta y de la disidencia en todas sus formas, llámese insurrección o delincuencia, lucha de clases o violencia social. Cuando la mayoría del país sufre una pobreza absoluta, una paralizante falta de acceso a la salud y a la educación, a un mínimo de bienestar y de seguridad, nadie se puede extrañar de que afloren la agresión y el repudio, el esfuerzo de acceder a lo que no se ha tenido, a todo aquello que se le ha negado a la población, como sea. Esas son las consecuencias de la exclusión.

Ahora, también es cierto que hemos visto, desde hace varias décadas, grandes avances en este terreno. Progreso en abrir el espacio político, reducir el desempleo, mejorar el acceso a la educación y a la seguridad, sacar a millones de la miseria y fomentar el sistema de participación política. Más aún, todo el esfuerzo de la Constitución del 91, con la tutela, la carta de derechos, la Corte Constitucional y los mecanismos de participación democrática, tenía justamente esa meta: reducir la exclusión de vastos sectores del país. Pero aún falta mucho, muchísimo. Porque después de siglos de dejar por fuera a la mayor parte de la nación de todo lo positivo que existe en el país, eso no se arregla en una generación o dos. Así que hay que insistir y seguir avanzando en la dirección correcta, pero también hay que reconocer que buena parte de la tragedia nacional viene de esa realidad, una realidad que, ya lo dije, se puede resumir en una palabra: exclusión.

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