Por: Beatriz Vanegas Athías

Colombia: hacia la distopía

Contrarias a las utopías, las distopías son exageraciones de lo que puede ser en un futuro cercano; es la realidad exacerbada y tenebrosa regida por el imperio del control y de los totalitarismos, sin posibilidades de escape para el hombre que las ha cocinado con cada acto infame. 1984 de George Orwell es una novela icónica, lo mismo que Rebelión en la granja en la que Orwell concede el poder del mundo-granja a los cerdos —porque ¿acaso hay alguna diferencia entre un cerdo y un hombre?

La escritora canadiense Margaret Atwood —mi favorita para el Nobel de Literatura— lo ha narrado recientemente en El cuento de la criada, novela publicada en 1985 que ha sido bellamente llevada a miniserie para el servicio de televisión streaming Hulu. Un mundo totalitario conformado por prohombres fanáticos que se rigen por la Biblia, crean un nuevo país —Estados Unidos— ante la disminución de la tasa de natalidad del mundo como consecuencia de las enfermedades de transmisión sexual y de la contaminación ambiental. Sólo importa procrear y solazarse en la doble moral con la practican la doctrina judeocristiana.

Pero la distopía está aquí. Un país sin ateos, sin evangélicos, sin testigos de Jehová con el cristianismo más ortodoxo a la vanguardia —¿o diremos mejor, a la retaguardia?—; un país de familias heterosexuales con una prole numerosa para perpetuar la especie que ojalá sea blanca y ojiazul; un país regido por la Biblia como Constitución donde las mujeres sean meros  “instrumentos biológicos”; donde queden excluidas del diccionario y de la cotidianidad las palabras democracia, diversidad, cooperativismo, confraternidad, justicia, libertad y arte, asuntos sin duda propios de hippies subversivos pichones de terroristas. Ese es el ideal distópico que articula los intereses de personajes como el senador Uribe, el exprocurador Ordóñez y la senadora Viviane Morales. Y en esas andamos. Entre más retardatarios, entre más sandeces esgrimen estos personajes y su secta, más son aclamados por la turba convertida en androides dirigida desde el Twitter del senador mafioso, el canal —parece que por fin censurado— del exprocurador inquisidor y el micrófono de la senadora pastora.

Vivimos la distopía de manera sutil, como una nada que impregna nuestros actos cotidianos, y los más débiles a través de la historia son quienes la padecen. En las universidades y colegios —en especial, los confesionales— asistimos a la deformación del estudio. Directivas ancladas en una ortodoxia que niega toda presencia de las humanidades para reemplazarla por la formación de operarios que obedecen sin chistar porque corren el riesgo de “patear su lonchera”. Se estudia para acumular títulos y acceder a cargos directivos que borran de un plumazo procesos serios y humanizantes. Y se entroniza al mediocre que funge como vigilante de unos intereses que no ayudan a su individual proyecto de vida, sino al enriquecimiento de estos multimillonarios negociantes de la educación. Las universidades y colegios así silenciados crean ambientes absurdos en el que maestros e intelectuales adoptan la posición del perrito que sirve de adorno a los taxistas colombianos. Entre menos visibles, entre más perfil bajo  adopte el maestro, se corre menos el riesgo de ser despedido. Asistimos, pues, a la prostitución del pensamiento, cuando no, a la desaparición. Vaya una a saber qué será peor.

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