Colombia, ni la más ni la menos

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Colombia desde siempre ha sido el país de la medianía. Salvo la naturaleza que acá es en muchos aspectos extrema e inmensamente diversa, no somos ni los más ni los menos: hacemos promedio, como se dice.

Nuestras culturas y sociedades indígenas presentaban un cuadro diverso de desarrollo y sofisticación, pero sin alcanzar las alturas de las mesoamericanas o incaicas. Nuestro período colonial fue mediocre en riqueza material y cultural, de desarrollo de las instituciones y de la economía. Desde entonces se ha dependido más de la riqueza del subsuelo que de nuestra iniciativa y creatividad, condición permanente que fue inoculando el cuerpo social con el virus del rentismo, no solo de la tierra, del cual no nos curamos. Realidad central de nuestra personalidad como nación que llevó hace años a Jaime Jaramillo Uribe, uno de los padres de la historiografía moderna en el país, a identificar la medianía como el rasgo fundamental de nuestra personalidad social.

En Colombia “las crisis no hacen crisis”, se disuelven o incorporan a una “realidad a la colombiana”, mediocre pero que sobrevive y avanza a pequeños saltos, todo lo contrario a los sueños de revoluciones y transformaciones fundamentales. Hemos tenido una política que se mueve en un centro amorfo pero efectivo para cerrarle el camino a las posiciones más radicales e impulsar ese avance a pequeños saltos “a la colombiana”; una cultura política conforme con nuestra personalidad básica como sociedad y nación, que origina “la democracia más estable del continente”, como nos conocen.

Por ello, cuando comparamos nuestra realidad con las de otros países semejantes, generalmente ocupamos el punto medio. Somos irremediablemente medianos. Y así nos pasa con el manejo que se le ha dado a la pandemia: somos promedio, ni los mejores ni los peores, pero vamos sacando la tarea; ni nos ganamos el premio ni nos rajamos, claro está, con las diferencias regionales que simplemente expresan otra realidad que nos acompaña desde los tiempos precolombinos, hemos sido y seguiremos siendo un país de regiones.

E igual nos pasa en otros campos. Como lo corrobora el estudio que acaba de realizar el Centro de Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la Universidad de Los Andes, de análisis para América Latina del informe que viene de presentar Naciones Unidas sobre el cumplimiento de las metas. Las cifras son contundentes al respecto, en términos de cumplimiento y con una base de 100, el promedio regional es de 63,1 y el puntaje para Colombia es de 64,78 y ocupa el puesto noveno entre 24 países. Pero las cifras nos dicen más sobre nuestra realidad: nos va mal en Trabajo Decente (puesto 16) y Reducción de las Desigualdades (puesto 15), dos de los grandes lunares de nuestra realidad que bien conocemos, pero que se hacen más evidentes y acusadores si se quiere, al estar en peores condiciones que el promedio.

Para completar el cuadro, en los últimos cinco años hemos retrocedido en preservación de nuestra biodiversidad, en la percepción de corrupción y en la participación de los ingresos fiscales como porcentaje del PIB. Cinco temas calientes que deberían ocupar un lugar destacado en las tareas pendientes que tiene Colombia. La pandemia podría ser el acelerador, el catalizador para los cambios, conocidos de atrás, pero que en la rutina de atender lo cotidiano, se fueron dejando de lado a pesar de su importancia; olvido que hace más evidente y preocupante el hecho de estar en esos cinco asuntos por debajo de nuestro mediocre promedio histórico.

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