Por: Santiago Montenegro

Colombia, nuestra casa

En seis días terminará la que ha sido, quizá, la más negativa de las campañas a la Presidencia de que tengamos memoria.

Porque, en lugar de resaltar primordialmente las bondades de sus programas, las campañas se han centrado en denigrar las de los opositores y han lanzado acusaciones temerarias, sin esperar a que se pronuncie la justicia. Porque muchos miembros de aquellos partidos que no pasaron a la segunda vuelta han proclamado la consigna del mal menor, con la idea de que hay que votar con la nariz tapada, pues los dos candidatos son mediocres, cuando no maléficos. Y porque, en este ambiente que hiede, se han contagiado muchos medios de comunicación, analistas y columnistas, para no mencionar la procacidad que se destila en las redes sociales y de la gran mayoría de quienes comentan las columnas de los diarios.

Y, quizá, lo más grave es que ha aparecido un grupo de exaltados, que ya no atacan las campañas o a los candidatos, pues su foco parece ser el país, sus instituciones, su gente. Para varios de estos elementos, en la historia de Colombia, no hay nada que rescatar, todo ha sido una colección de fracasos, de traiciones, de miserias, como el férvido que escribió en El Tiempo que “Colombia es un país de bandidos que va desde Leticia hasta San Andrés y da la vuelta”.

En estas circunstancias, la campaña presidencial que termina con la elección presidencial seguramente no habrá sido la experiencia más complicada y difícil. La tarea más delicada y retadora será la que debemos comenzar el día después de las elecciones para unir al país, para convencer a los jóvenes y, sobre todo, a los millones que no van a salir a votar de que existen razones para creer que nuestro país vale la pena, que para mirar hacia el futuro tenemos que pararnos en el presente y que este presente no tiene sentido si no sabemos de dónde venimos. Y, para realizar este ejercicio, lo primero que debemos decirle a quien denigra del país es que los colombianos no somos bandidos, que él mismo no es un bandido, como tampoco lo son sus padres, sus hermanos o sus abuelos. Como tampoco son los míos y los de ustedes, queridos lectores. Claro que ha habido ladrones, asesinos o mentirosos compulsivos, pero la inmensa mayoría de los colombianos y colombianas son gente buena, honesta y trabajadora, incluyendo la inmensa mayoría de los militantes de los dos bandos que se disputan la Presidencia.

Se equivocan quienes creen que, enlodando nuestras instituciones y nuestra historia podrán inventarse un nuevo país, como quien saca una torta del horno. El mito de “un nuevo comienzo de la historia” es tan falso como lo fue en su día el del “fin de la historia”. Nuestro futuro tendremos que construirlo sobre los logros y las zozobras de la historia de Colombia, nuestra casa, la única que tenemos.

En estos días de confusión y exaltación se extraña una voz como la del ex presidente Alberto Lleras, quien, en otro momento de muchas dificultades, argumentó que “no se puede inventar una nación nueva, como si no tuviese cimientos y ruinas, y como si los padres no hubiesen existido, trabajado y sufrido sobre ella. Confiad en los que humildemente sienten el peso de los muertos y reconocen que tenemos que continuar”.

 

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