Por: Julio Carrizosa Umaña

Colombia puede lograr la paz sin minería y sin petróleo

Antecedentes geológicos, ecológicos, históricos y económicos nos indican que será muy poco lo que la minería y la extracción de petróleo y gas puedan aportar para la paz de Colombia.

A pesar de todo lo invertido en exploración geológica durante los últimos veinte años, ha sido imposible encontrar nuevos yacimientos importantes y se refuerza la tesis de que somos un país de pequeñas muestras, no de grandes filones. El oro se encuentra en muchos lugares, pero siempre muy disperso entre grandes masas, los aumentos recientes de producción de petróleo se han logrado exprimiendo viejas reservas.

Los cambios climáticos globales originados en la extracción de petróleo, gas y carbón ya se sienten en Colombia y aquí conocemos los gravísimos originados por el uso del mercurio para el procesamiento del oro y por la mala utilización de las aguas públicas; las modificaciones de paisajes enteros como sucede con los cauces de los ríos o las laderas de las montañas son casi imposibles de reparar por sus extraordinarias magnitudes.

La historia de lo sucedido en Colombia y en otros países pobres durante la bonanza de las economías extractivas indica lo difícil que es para estos países controlar a las grandes empresas mineras, invertir bien los rendimientos y evitar los daños y perjuicios colaterales que ocasionan sus actividades. Los más de 50 años de prosperidad petrolera venezolana no condujeron al bienestar de esa nación.

La inestabilidad de los precios, su estrecha relación con las políticas de las grandes potencias y la extrema concentración de las ganancias implican que el crecimiento económico que se origina en esos flujos de dinero tiende a ser insostenible, corruptor y desequilibrado.

Todos los anteriores argumentos se refuerzan si se observa lo sucedido en las regiones colombianas que han debido beneficiarse de estos años de bonanza minera y petrolera: Córdoba, Chocó, La Guajira, Cesar, Arauca, Casanare, coinciden con las áreas de mayor actividad de la subversión y de las bandas criminales y no muestran grandes avances socioeconómicos.

Es urgente calcular los costos sociales y privados de los daños y perjuicios ecológicos, económicos, y culturales ocasionados por la minería y la extracción de petróleo y compararlos con la totalidad de los ingresos percibidos. Conociendo lo poco que aportan estas actividades, el DNP podría diseñar soluciones complejas para afrontar los complejos problemas que impiden construir la paz.

 

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