Por: Reinaldo Spitaletta

Colombia se pudre…

No es tanto el periodismo (que hace rato ha devenido propaganda en Colombia) el que está en crisis.

Es el establecimiento. La dirigencia, desde el presidente de la republiqueta hasta sus conmilitones de mandos medios. La corrupción, inherente a este tipo de sistemas, está pudriendo cada vez más los pilares del Estado y, al mismo tiempo, contagiando de su fetidez y carroñería a expresiones de lo privado.

Las llamadas instituciones están en quiebra hace rato. Y no es que ahora, con los dos cuatrienios de Santos y sus pajes, se haya dislocado el sistema, sino que la decadencia viene desde “tiempos de upa”, como diría un campechano. Lo que sucede es que hoy sí la crisis tocó a todos los estamentos, desde el ejército y la policía, ministros, viceministros, gobernantes, burócratas de toda laya, hasta ir más allá de las almendras y las lujosas cortinas de palacio, lugar que en el gobierno de Uribe se empezó a denominar la “Casa de Nari”.

A las redes de prostitución y proxenetismo en la policía, la precedieron, por ejemplo, los “falsos positivos” que dejaron más de tres mil víctimas a las que los cuerpos de seguridad (o inseguridad) hicieron pasar como “guerrilleros”. A las “chuzadas” de la policía de Palomino a algunos periodistas, las antecedieron las miles de interceptaciones ilegales realizadas por el tenebroso DAS a opositores políticos, magistrados y columnistas. Y ni hablar de la parapolítica, las estafas de Interbolsa, las pirámides, las privatizaciones neoliberales que se han hecho en contra del patrimonio público, tanto ayer como hoy.

Y al paisaje de desastre, en el que se ferió Isagén, se marchitan hospitales públicos, se mueren de hambre niños y ancianos Wayuu, se roban y privatizan ríos (como el Ranchería), se busca privatizar del todo a Ecopetrol, los sobrecostos de Reficar y un infinito etcétera de corruptelas y malversaciones, se suma la complacencia del periodismo, que pasó de ser un fiscalizador a fungir de entibador del régimen (de este y de los anteriores). Medios calanchines. Al servicio del poder y sus arbitrariedades.

Los medios masivos de información (o desinformación) en Colombia hace rato perdieron su independencia, y, aparte de que haya unos cuantos periodistas incomodadores, están para santificar y alabar a magnates y politiqueros. Durante el gobierno del “mesías”, la prensa se postró ante el príncipe. Se tornó apéndice de palacio. Hubo inciensos y besamanos, y el mandatario (experto jinete) cabalgó a placer sobre los dueños de emisoras, periódicos y canales privados.

Y en vez de calidad en los contenidos, aumentó la lambonería. Y quien en algunos de esos medios no estuviera de acuerdo con el servilismo y la falta de crítica, lo mandaban al carajo. Los medios se mutaron en cajas de resonancia del poder, y hoy, en la era de la “mermelada”, la situación no es diferente. Y ante la crisis de un sistema que quiere hacer recaer el producto de sus imperfecciones y autoritarismo sobre los hombros de la mayoría, lo que se estila es el escándalo farandulesco, el que pretende mostrar, y de modo superficial, el fenómeno, mas no las causas de la debacle. Ante las acusaciones de enriquecimiento ilícito y otras tropelías del director de la policía, el asunto delictivo de corrupción se desvió por el lado de la mariconada, lo que, además, suscitó reacciones homofóbicas en redes sociales y otros medios.

Ante los síntomas de putrefacción del régimen, centrales obreras y otros gremios responderán con un paro cívico el 17 de marzo próximo, contra las privatizaciones, la inequidad y las reformas antipopulares que prepara el gobierno, y en el que, además, se incluirá la protesta por las muertes por inanición de niños de la Guajira.

Tal vez en los últimos veinte años no se había visto una situación de tal podredumbre, producida, por cierto, por las aplicaciones de medidas neoliberales y las ambiciones de los que se han tomado para su usufructo particular el país y el Estado. Cada vez, y por fortuna, los que están en el poder pierden credibilidad. Fenómeno que también se transmite a muchos medios de comunicación, hincados ante las tropelías y abusos oficiales, que han perdido su capacidad de investigación y denuncia.

Tanto en la política como en el periodismo, el sensacionalismo hace desdibujar las esencias, que van más allá del hedor. Los sistemas sociales, a diferencia de los hombres (como lo advirtió un pensador), primero se pudren y después se mueren.
 

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2016-02-22T21:00:58-05:00

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