Por: Miguel Ángel Bastenier

Colombia y el síndrome Uribe

ÁLVARO URIBE VÉLEZ, INCLUSO PAra un país tan poco común como Colombia, ha sido un presidente fuera de lo común.

Es generoso, valiente, un nacionalista de máximo octanaje que, sin embargo, llegó a la conclusión de que sólo poniendo todos los huevos en la misma cesta, Estados Unidos, el país podía salir del atolladero en que se encontraba, así como también de una seguridad en sí mismo inquietante. Y ahora que ya no va a desempeñar un tercer mandato consecutivo, la nación tiene que decidir qué pasa con el ‘síndrome Uribe’.

Lo conocí en un hotel de Madrid acompañado de Plinio Apuleyo Mendoza, que entonces no le dejaba ni a sol ni sombra, meses antes de las elecciones de 2002, cuando era el último en postularse para la Presidencia, sin partido, ni financiación conocida, y que apenas emergía del 1% en las encuestas. Pero nada de eso le importaba; uno podía o no darle crédito, pero era innegable que estaba convencido de lo que hacía. Si no necesariamente entonces, aquella energía tenía que encontrar su conducto de salida en uno u otro momento, pero Colombia estaba madura para que un líder autoritario, caudillista, encantador de multitudes, se le ofreciera como salvador. En aquella primera entrevista madrileña había dicho —como tituló El País— que pondría en pie de guerra a un millón de hombres, un ejército de civiles que sólo esperaban que se les convocara para la ingente tarea. Plinio afirmó que el Presidente nunca había dicho nada semejante, sobre todo porque pronto se hizo evidente que el millón tenía otras cosas que hacer. Pero el despliegue de energía, la entrega evidente de un hombre que, además, demostraba conocer el país mejor que el Codazzi, movía a entusiasmo a parte de la opinión. Así nacería ‘el síndrome Uribe’; para lo bueno y para lo que no lo es.

En su primer mandato anudó las relaciones más estrechas posibles con Washington, movilizó recursos exteriores e interiores para la guerra contra las Farc. La guerrilla seudomarxizante tuvo que retroceder ante la acción de un Ejército al que el Presidente había galvanizado y que estaba, por fin, armado con precisos y preciosos instrumentos de guerra made in Washington. Las mejores fuentes aseguran, sin embargo, que ni entonces ni ahora ha llegado a tener gran opinión de los generales y que un papirotazo de cuando en cuando le parecía la forma más adecuada de tratarlos. Durante otra entrevista, también en Madrid pero en la embajada colombiana, tuvo a bien obsequiarme con una magnífica representación por celular, en la que llamaba al orden a un alto oficial a varios miles de kilómetros de distancia a través del universo electromagnético. Había sido correcto, pero imperioso.

La desmovilización de los asesinos llamados paramilitares parecía otro gran éxito presidencial, por lo menos hasta que se verificó que lo que habían hecho era tan solo trasladar sus negocios de la medio jungla al campo abierto. Y la culminación de tanta guerra tenía dos cumbres capitales: la primera, la liberación de una personalidad de la escena política, que emergía de la selva como una estrella de Hollywood, y tenía el desenfado de agradecerle su liberación al presidente de Francia, Nicolas Sarkozy, diciéndole con mimo ante las cámaras: “Je vous dois tout”. A Juan Manuel Santos le debió parecer algo desagradecida. Y la segunda, la eliminación en marzo de 2008 de Raúl Reyes, el verdadero jefe de los terroristas aun en vida del anciano Marulanda, cuyo fallecimiento se anunciaba poco después. El problema con Ecuador ocasionado porque el bombardeo se había producido unas varas al interior de su territorio, habría sido menor si no lo hubiera envenenado otro actor, esencial en la uribización de Colombia, el presidente venezolano. Pero la sangre no debía llegar al río porque el mandatario ecuatoriano, Rafael Correa, contrariamente a la opinión general, no es el muñeco y Chávez su ventrílocuo, como demuestra el próximo restablecimiento de relaciones entre Bogotá y Quito.

Y, last pero en absoluto least, se descubría que esos militares que hipnotizaba Uribe se habían dedicado durante años a fabricar un eufemismo que la lengua colombiana, tan ducha para nombrar lo innombrable, bautizó ‘falsos positivos’, asesinatos a bulto de campesinos a los que las estadísticas ataviaban de guerrilleros. El Presidente llevó ante la Justicia a una montonera de jefes y oficiales, comportamiento por el que no hace falta mostrar agradecimiento, porque si Uribe lo sabía, malo, pero si no lo sabía, peor. En medio de todo ello, y sobre todo en el segundo mandato en que el Presidente ha jugado al escondite con los colombianos sobre su candidatura, han menudeado irregularidades de todo tipo, en especial trapacerías de los que se reclaman desde partidos diversos como uribistas, por las que docenas de ellos están pagando con la cárcel. Populista, de temperamento engañosamente tranquilo porque nunca vocifera, pero capaz de prontos jupiterinos, encontraba el Presidente a su mejor adversario en Hugo Chávez, el epígono con el que más le convenía pelearse, porque cualquier exabrupto del ex teniente coronel de Sabaneta le colgaba otra condecoración en la pechera.

Pero ahora que la Corte ya ha dicho que en 2010 no habrá ‘Uribe 3’, podemos asistir a un espectáculo muy especial: la ‘desuribización’ de la presidencia colombiana. Gane quien gane, y sin echar por la borda lo que el Presidente ha conseguido —circular por las carreteras para comerse un ajiaco en el campo—, no hay, sin embargo, candidato que quiera ser el sosias de Uribe; y el que menos su ‘delfín’, Juan Manuel Santos, al que Jaime Castro ha calificado con el ingenio que le caracteriza. Pero otro tanto cabe decir de Rafael Pardo, que demostraría lo diferente que es del Presidente, sin que por ello le falten o aún mejore sus atributos: valor, conocimiento, decisión, convicción sin arrogancia y un intachable comportamiento democrático; o de Sergio Fajardo, que juguetea con el uribismo porque ahí tiene votos, pero es el único jefe de sí mismo; o Germán Vargas, que ya osó decirle que NO al líder, cuando éste aún se hallaba en el trono; o cualquiera de los tres tenores empezando por Lucho Garzón, que no tiene derecho a olvidar de dónde procede; o la propia Noemí, que nunca ha sentido transportes de amor por el Presidente, aunque fuera una imprescindible embajadora en Europa; o Gustavo Petro, que se ha atrevido a decir de una tercera presidencia lo que otros piensan, pero aquejados del síndrome prefieren callar. El único que no le fallaría a Álvaro Uribe es Andrés Felipe Arias, pero tiene tantas probabilidades de alcanzar la presidencia como de viajar a Marte.

Esa ‘desuribización’ ha de ser una manera de superar el síndrome de Uribe. La Colombia política tendrá que hacerse mayor y aprender a vivir sin depositar toda su fe, que eso se reconcilia mal con la democracia, en un redentor. Porque con uno que hubo hace dos mil años ya es bastante.

* Columnista de El País de España.

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