Por: Arturo Guerrero

Colombia y las ruinas heredadas

Se ha dicho con pimienta que Colombia no tuvo modernidad, que saltó del siglo XIX al XXI sin hornearse en los debates que hicieron crecer al mundo. Es decir, que somos un país de pantalón corto jugando con los robots que nos destronarán.

Este desfase histórico explicaría el desastre de las recientes encuestas sobre preferencias políticas, la perplejidad de los jóvenes frente al futuro, la facilidad con que han prendido las prédicas de santones, patriarcas y pastores.

El país se maduró biche. Carece de resistencia de materiales. Se mueve por aspavientos, al son que le toque el miedo. Está al borde de apagar la hoguera de las guerrillas, al tiempo que las mayorías no creen ni siquiera en los muertos que no se han muerto desde el cese bilateral de balas.

Un inteligente tuitero —sí, también los hay—, Luis H. Aristizábal, condensó en los raquíticos caracteres de rigor el transcurso del pensamiento criollo durante los últimos ocho siglos.

“Tenemos las ideas religiosas del siglo XIV —garrapateó—, las científicas del XVIII, las artísticas del XIX, las políticas del XX y las idiotas del XXI”. 

Esta consideración sobre la suerte de nuestra desgracia debería tallarse en las piedras de los diez mandamientos nacionales. En cinco brincos se describe en ella nuestra transformación de monos en hombres brutales. 

Veamos de qué estamos hechos. La religión del XIV es arqueología. Los colmillos y la redondez principesca de ‘monseñor’ Alejandro Ordóñez, lo mismo que la prédica mercantil de los pastores evangélicos, son mezcla de los orígenes y transformaciones de credos exangües.

La ciencia del XVIII fue apenas intuición genial. Ilustración, luces, enciclopedia, que abrieron una ruta pero que todavía no eran la ruta. La crítica y la fulguración entronizaron la razón para que la febrilidad siguiente construyera la modernidad. Nuestra mentalidad pastoril no entró en la ruta ni en la modernidad.

El arte del XIX fue el romanticismo. Las sensibilidades más finas sangraron por la inhumanidad de máquina y fábrica, la despersonalización, la explotación. Se parapetaron en la defensa del sueño, la utopía, el paraíso. Las formas de su expresión fueron líricas, solemnes, lacrimosas. Al final del siglo reventó la insurgencia contemporánea que proclamó el horror como belleza. Pero Colombia se ancló en el paso de atrás.

La política del XX es la bomba atómica. Media humanidad se encarnizó en acabar con la otra media, hasta que descubrió que haciéndolo acabaría con el mundo. Detrás de la hecatombe, el holocausto, el Gulag y la abolición de las libertades individuales, ardía el dogma de que las contradicciones antagónicas se resolvían con la eliminación de uno de los términos. La política se volvió guerra. La sociedad, dos fieras que amenazan masticarse.

Así llegamos al XXI, el siglo de las ideas idiotas. El vertedero de las imbecilidades antepasadas, ahora potenciadas por la tecnología. La oportunidad de las ruinas heredadas. Todo agitándose en una magnífica atmósfera de pavor universal.

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