Por: Luis Carvajal Basto

Colombia y Venezuela: entre la guerra y la Paz

Mientras Maduro se acaba de desgastar y aumentan confrontación e incertidumbre, en Colombia el ex presidente Gaviria señala las condiciones para una Paz más real.

Somos hermanos. Compartimos una historia y una cultura común. Y un mercado, al punto que alguien calificó como “Estado región” a esa Nación que comienza en el lago de Maracaibo, apenas sucumbe en Villavicencio ante los Andes y se extiende, caprichosamente, desde el Atlántico hasta la frontera con Brasil. Venezuela fue una capitanía del virreinato de la Nueva Granada. Fuimos y somos un solo país.

Los acontecimientos más recientes indican que mientras en Colombia negociamos para terminar la guerra, en Venezuela parecieran al borde de comenzar una. Dialogar o confrontar es una disyuntiva común.

El momento de Colombia pasa por el sinceramiento inteligente y pragmático que, buscando estructurar una Paz real, ha propuesto el ex presidente Cesar Gaviria al desnudar verdades ocultas de nuestro país integrando, mediante la justicia transicional, a otros partícipes del conflicto: desde sectores del mismo ejercito hasta empresarios, agricultores y pequeños comerciantes etc. Frente a sus argumentos no se puede invocar una dosis de impunidad que, finalmente, tendremos que conceder. Decirnos la verdad. Ojalá esta iniciativa prospere y la política del día a día no se anteponga a lo que es un propósito de Estado. La carta del abogado Granados al Centro democrático es una buena señal de lo que podría ser un nuevo y propositivo escenario, para otra Paz que deben acordar los políticos. La de Bogotá, dirían algunos.

Mientras Colombia hace esfuerzos por apagar su incendio de 60 años, Venezuela parece uno a punto de ocurrir. El fracaso económico y de gestión del gobierno de Maduro, complicado por la reciente devaluación de sus exportaciones y reservas petroleras, y su innegable pérdida de credibilidad, le han llevado a actitudes desesperadas. Maduro parece experto en crear, en vez de solucionar, los problemas de su país. No puede meter a todos sus contradictores a la cárcel, entre otras razones por que están ocupadas en un país con unos indicadores de violencia enormes que hace rato se le salió de las manos sin que, al parecer, se diera cuenta.
El país hermano vive una crisis de liderazgo pos caudillo que atenta contra la recuperación de un sistema político que comenzó a desmoronarse desde las épocas de ADECO y COPEI de la cual Chávez fue una consecuencia. Su historia reciente comprueba el aforismo según el cual peor que malos partidos son caudillos y que no es viable una democracia estable sin organizaciones políticas sólidas. Luego de la fiesta del petróleo por encima de cien dólares ha llegado un guayabo en el que se notan más todos sus problemas.

Mientras la creciente oposición espera, inocentemente, que Maduro renuncie o anticipe elecciones, el ánimo de confrontación, al encarcelar los líderes de la oposición, crece. El papel de los vecinos y amigos de Venezuela no consiste en promover la confrontación si no en atemperarla. Maduro ganó las elecciones por escasos dos puntos (51-49) y le espera un calvario hasta 2019.Para mantener el formalismo institucional y evitar escenarios peores las dos partes deben ceder. Bajar el volumen de sus pretensiones. De ese apaciguamiento trata el papel de la comunidad internacional y el único que puede jugar el gobierno de Colombia.
En esta historia de dos naciones hermanas la experiencia de una debe servir a la otra: es más fácil comenzar una guerra que terminarla, ¿mejor, mejor? No empezarla jamás.
@herejesyluis

 

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