Colombiacómic

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Por: Áxel Germán Navas Navas

Cuando se está ante la inminencia de que algo malo va a suceder, la mente suele sugerir soluciones mágicas. Es parecido a lo que le pasaba a Felipe, el amiguito de Mafalda, quien cuando estaba ad portas de que la profesora le pidiera la tarea, que él obviamente no había hecho, imaginaba que llegaba El Llanero Solitario y lo salvaba, con lo que el tema de los deberes escolares quedaba olvidado. Sin embargo, luego ocurría algo que lo devolvía a la realidad, de tal manera que lo único que resultaba siendo cierto era la mala nota, la que en todo caso aceptaba con resignación, pues así lo imponía el amor platónico que sentía hacia la maestra, saltando de una fantasía de vaqueros a otra de amor.

Y es que esta forma de afrontar los inconvenientes, que parece que fuera de carácter infantil e individual, también es adulta y colectiva, y es muy común entre nosotros los colombianos. Por eso no es extraño, que ante cada una de las tantas cosas extraordinarias que nos pasan semana tras semana, que en otros países por muy mal que les vaya ocurren cada diez años, buscamos milagros. Algo así, siguiendo con la fantasía, como lo que hacía el Gato Félix, quien contaba con una bolsa mágica de la que sacaba lo que fuera, sin importar el tamaño o el material, y ¡bum! arreglaba el problema. Debe ser por eso que en lugar de adoptar soluciones lógicas, planeadas y razonables, acudimos a nuestra “bolsa mágica” que es la ley en cualquiera de sus formas. Sí, no hay mal que no corrijamos expidiendo una norma, y ¡ya!, todo listo. Ah, eso sí, no se puede negar que contamos con una variedad de soluciones, por lo que, como en botica, tenemos desde simples decretos, pasando por leyes ordinarias y estatutarias, hasta actos legislativos y constituyentes. Con ellas se reforma la justicia, para eliminar providencias no gustan a algunos; se acaba con la violación de niños y se extinguen los violadores; se brinda vivienda digna a toda la gente; se elimina la corrupción; se garantizan pensiones justas para todos los ancianos; en fin…, la panacea. Extraño es que no hayamos acabado el Covid-19 mediante una directiva presidencial.

Por eso, siguiendo con nuestra vida caricaturesca, para acabar con otros “problemillas” que tenemos por ahí, deberíamos encargar de la salud al doctor Chapatín, de la seguridad a Súper Tribi y de la hacienda pública a Manolito, el otro amiguito de Mafalda que tenía una tienda, quienes seguramente lo harían muy bien. Y si nada de esto funciona, no seamos tacaños y en lugar de encomendarnos a una virgen, como se oye por ahí, de una vez acudamos a las once mil.

P.D. En honor de Joaquín Lavado – Quino, quien nos enseñó que el verdadero sentido de la vida es el humor.

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