Por: Santiago Gamboa

Colombian psycho

Todo en Colombia es un poco esquizofrénico, me digo.

Y por eso, ¡con cuánto nerviosismo llegamos a este fin de semana! Podríamos decir, sin exagerar, que ha habido pocos fines de semana tan complicados en la historia reciente. Y no me referiré sólo al fútbol y a la triste rodilla de Falcao, algo trágico, pues implica que el mejor futbolista colombiano de todos los tiempos ¡se va a perder el Mundial a cuya clasificación tan laboriosamente contribuyó! Pero nuestro país, siempre algo bipolar, tiene esa poética tendencia a caer estrepitosamente cuando empieza a volar alto. Falcao cayó al cometer el gran error de su vida: irse del Atlético de Madrid y, como consecuencia, en lugar de ganar la Liga española, disputar la final de la Champions League y jugar la Copa del Mundo de Brasil, tendrá que seguir recuperándose y volver a la Liga francesa, ¡la más aburrida de Europa!, lejos de los escenarios que importan hasta que, al cumplir los treinta, su estrella empiece a apagarse y pase a segundo y tercer nivel sin haber hecho realmente nada en el fútbol mundial. Y todo por una decisión equivocada. He ahí el quid del asunto.

El otro tema, obvio, es el de las urnas. Ahí sí la esquizofrenia nacional puede convertirse en pesadilla. Como vivo en el exterior, donde las elecciones empezaron desde el lunes, puedo decir que ya voté, con tinta gruesa y sin sombra de duda. Voté por Santos, lo que quiere decir: por una Colombia que se dirige cada vez con más decisión hacia la paz y que, por eso mismo, intenta construir un lenguaje en el que se reconozcan todos; por un país que ahora sí escucha a las víctimas y que se esfuerza —aunque no siempre lo logra— por ser más justo e inclusivo. Voté por Santos con el mismo orgullo con el que hace cuatro años voté por Mockus, qué cosa increíble, qué país contradictorio. Qué bipolaridad. Esta vez quise también oponerme al poder de Uribe, aun si estoy convencido de que su bafle humano o “unidad externa”, Oscariván, no va a ganar. Por intensa que sea esa locura colectiva que suele atacarnos cada tanto, me resisto a creer que mis compatriotas sean tan dementes como para entregarle de nuevo el poder a un terrateniente iracundo y grosero, un hombre resentido, arrogante y mentiroso que hundió los colmillos en el país y no suelta prenda. Y ni hablar de sus secuaces: peligrosos unos, tremebundos otros, terroríficos todos, con el único objetivo de oponerse a que Colombia entre a la modernidad y al siglo XXI, queriendo más bien mantenerla en las cavernas del Neanderthal, en el mejor de los casos, donde los gritos y los golpes de garrote valen más que las ideas. Ese es su proyecto político: un fascismo provinciano y un poco lumpen. Como si no supiéramos a quiénes representan y de quién son testaferros morales. Como si de verdad estuviéramos todos locos o fuéramos tontos.

No hay que marear tanto la perdiz: el error de cálculo y la consiguiente ausencia de Falcao podrían hacernos patinar el sábado y empezar el Mundial cojeando, pero entronizar este domingo a esa Colombia de mamuts, cavernícolas, paracos y mentirosos nos hará perder años y sobre todo muchas vidas antes de retomar el camino por el que hoy el país, con el apoyo del mundo civilizado, está transitando.

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