Por: Catalina Ruiz-Navarro

Colombianas internacionales

Carolina Laverde viajó a Guatemala porque le ofrecieron una oportunidad laboral en un establecimiento. Lo hizo pensando en el futuro de su hijo de 14 años. Pero Laverde sólo alcanzó a estar un mes en el país centroamericano, hasta que les pegaron un tiro de gracia a ella y a otra mujer. Hoy la familia sufre porque no tiene cómo costear el traslado del cuerpo, ya que la funeraria está pidiendo entre 25 y 30 millones.

En mayo de este año, una colombiana, Eliana González Ortiz, fue asesinada en Madrid a manos de su expareja. González tenía dos hijos. En abril, la colombiana Nidia Loza, enfermera de 37 años, fue asesinada por su esposo en Italia. La madre de González se quejaba, entonces, de que la Cancillería no los apoyaba con el caso y que prácticamente toda la información que tenían sobre el crimen venía de la prensa italiana. Aquí, como en el caso de Laverde, la familia no tenía dinero para repatriar el cuerpo de González a Pasto.

En julio de este año, Jennifer Londoño, pereirana, fue asesinada en Nueva York, desmembrada, únicamente reconocible por un tatuaje que la policía hizo público. En ese entonces la sospecha era la de siempre: que la mató su pareja. Otro feminicidio de una colombiana en el exterior. Los medios lo cubrieron usando una selfi de sus redes sociales en donde se ve su espalda desnuda en el baño.

En agosto de este año, Nini Johanna Salazar fue brutalmente asesinada. Para variar, la familia no tiene dinero para repatriar su cuerpo y enterrarla y el gobierno de Alcorcón, la localidad donde vivía Salazar, ofreció “ayudar” poniéndola en una fosa común. Salazar parece haber sido asesinada por un taxista cuya condena quizás termine reducida porque el tipo estaba empericado.

Y claro, también está el feminicidio de Yuliana Acevedo en Chile, a manos de su pareja, quien la descuartizó. Algunos medios colombianos lo reportaron como un “crimen pasional”. Tampoco podemos olvidar a las al menos cinco colombianas asesinadas en México: Sarita Ramírez (2016), Stephanie Magón (2016), Aleja Pulido (2012), Astrid Rojas Muñoz (2014) y Mile Virginia Martín (2015), en el trágicamente célebre multihomicidio de la colonia Narvarte.

La lista puede continuar. Estoy segura de que son unos pocos los casos de feminicidios de colombianas en el exterior que alcanzan a llegar a la opinión pública. Y sí, un número importante de casos son feminicidios. También hay algunos patrones comunes: son mujeres con hijos que dejan el país para buscar mejores oportunidades económicas. Muchas vienen de barrios humildes de ciudades colombianas en donde las oportunidades económicas son pocas, y salen del país cuando les ofrecen un trabajo de modelaje, o un empleo en un restaurante, mejor dicho, algo que suena “raro”, y luego terminan asesinadas en confusas circunstancias y muchas veces estigmatizadas como “prostitutas”, lo cual ayuda a que los casos queden en la impunidad.

Esto es algo que sucede en Colombia desde hace muchos años. En la telenovela Café, a la Gaviota le ofrecen un trabajo en Europa que ella acepta para buscar a Sebastián, y termina siendo una red de trata de la que ella, como es la Gaviota, logra escapar. En la novela y en la realidad, los captadores de las redes se acercan a colombianas bonitas, les ofrecen tomarles fotos y modelar.

Sin embargo, no parece que la Cancillería esté investigando esas redes de trata, ni haciendo seguimiento a los feminicidios en el exterior, que, dicho sea de paso, nos hacen sentir a las colombianas migrantes muy vulnerables. Debería haber, como mínimo, un seguimiento minucioso de los casos y apoyos económicos a las familias para repatriar los cadáveres. Deberíamos tener campañas contra la trata que vayan más allá de advertir a las mujeres en vez de atender las condiciones estructurales que nos hacen vulnerables. El persistente abandono por parte del país en todos estos feminicidios manda un mensaje escalofriante: si viviendo en Colombia las vidas de las mujeres importan poco, cuando salen del país ya ni siquiera son nuestro problema.

 

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