Por: Miguel Ángel Bastenier

'Colombianiza' que algo queda

La comparación de la situación entre México y Colombia provocó reacciones en varios sectores.

Hillary Clinton ha dicho ante un areópago de expertos de la política exterior norteamericana que México se está colombianizando, que el grado y la naturaleza de la violencia que sufre se acerca al de Colombia hace 20 años cuando subrayaba —“un 40% del territorio se hallaba en un momento u otro controlado por la guerrilla de las Farc”. Y añadía, como una institutriz de la democracia, que México precisaría “mayor capacidad institucional y voluntad política” para derrotar al narcotráfico, que ha causado 28.000 muertes en los cuatro años de presidencia de Felipe Calderón. Las declaraciones pueden examinarse en tres niveles diferentes pero complementarios.

1. ¿Tiene razón la secretaria de Estado? 2. ¿Qué nos dicen esas palabras de la relación de Estados Unidos con América Latina? 3. ¿Tienen la señora Clinton y el presidente Barack Obama la misma agenda política?

Como se apresuraba a replicar la ministra mexicana de Exteriores, Patricia Espinosa, las Farc nacieron con una agenda política que aspiraba a conseguir por la fuerza la gobernación de Colombia, y sólo con el tiempo degeneraron en narcoguerrilla, mientras que en su país lo que hay es pura delincuencia, bien que organizada como un ejército, que pretende hacer invulnerable su negocio, pero no a tomar el poder.

Y ha sido la ofensiva justificadamente desencadenada por el presidente Calderón la que ha obligado a la mafia a entrar en una guerra, tanto entre las propias bandas como contra el Estado, cuando habrían preferido regentar en silencio y clandestinidad su pingüe ocupación. Y aunque los 28.000 narcomuertos de los últimos cuatro años le pueden hacer la competencia hasta con ventaja a los peores años de la violencia guerrillera en Colombia, otra diferencia es que una parte importante de esa relación se debe a reyertas intestinas de los carteles mexicanos en forma relativamente autocontenida, lo que supone una incidencia menor en el país en general que en el caso colombiano. El índice de muertes violentas por habitante y año, y pese al fortísimo impacto mediático de las salvajes matanzas mexicanas, es hoy entre tres y cuatro veces menor que el colombiano, pese a los éxitos del presidente Uribe con su doctrina de seguridad democrática.

Más llamativo es aún lo que la desenvoltura de la secretaria de Estado al referirse a vecinos, aliados y clientes como México y Colombia. El término “colombianización” convertido en una especie de patrón oro del horror ofendió lógicamente a las autoridades mexicanas, conscientes de las importantes diferencias que separan a ambos casos. Y no deja de sorprender, por lo menos a la sensibilidad europea, que la comparación no provocara mayor reacción en Colombia por mucho que se refiriera a un Estado bogotano que ya no fuera el vigente.

Ver el nombre de su país acuñado como vara de medir para las desgracias del prójimo parece manera poco gratificante de estar en la historia. Y nadie dice que sea el único caso. En Europa es corriente el término “balkanización” para denotar la fragmentación de las instituciones estatales y aún de la convivencia, pero, prudentemente, alude una región geográfica más que a países en particular; y si la llamada —y extinta— “finlandización” se aplicaba al dominio que ejercía la Unión Soviética sobre la política exterior finlandesa, Helsinki nunca aceptó esa denominación que, sin embargo, tenía mucho de realidad. La señora Clinton aspira, aparentemente, a “colombianizar” las relaciones de su país con México.

El presidente Obama, en un hecho fuertemente insólito, creyó prudente desautorizar de la manera más inequívoca las palabras de su diplomática en jefe. Nada de comparar, dijo, ni de “colombianizar” nada. México no tenía las hechuras de un Estado fallido y el presidente Calderón merecía todo el crédito por el combate contra el narcotráfico —que, si hay algo “colombianizable” en la región, antes sería Guatemala— y no era cuestión de ofender a nadie.

  * Columnista de El País

Buscar columnista

Últimas Columnas de Miguel Ángel Bastenier

El periodismo en español (I)

Lo que pasa con Trump

Obama, “el buen vecino”

El petróleo no es bolivariano

La gran carrera a la Casa Blanca