Por: Antonio Casale

Lo que Ginóbili no eligió

La semana que pasó se despidió del baloncesto Manu Ginóbili, probablemente el mejor latinoamericano en la historia de este deporte. Los cuatro anillos que ayudó a conquistar como parte fundamental de sus San Antonio Spurs, junto a Tony Parker y Tim Duncan, o la medalla de oro que logró junto con el equipo argentino en los Olímpicos de Atenas 2004 hablan de su relevancia en un deporte reservado para los norteamericanos y algunos europeos. Pero su discurso de despedida, búsquenlo en Youtube como discurso completo de Manu Ginóbili en castellano, deja claro que con el talento no basta.

Para comenzar dice que él no eligió un montón de cosas que influyeron para que llegara a ser lo que fue. Nació en Bahía Blanca, ciudad basquetera por excelencia, en un país en el que el fútbol lo es casi todo. Yuyo, su papá, es un apasionado de este deporte y Raquel, su mamá, aunque hubiera querido que su hijo fuera médico o abogado, nunca lo privó de su libertad.

Comenzó a jugar baloncesto profesional en su país y después en Italia. En 1999 recibió una llamada en la que le decían que en el Draft de la NBA (procedimiento que se hace en junio de cada año mediante el cual las franquicias que forman parte del baloncesto estadounidense incorporan nuevos talentos provenientes de las universidades o de las ligas otros países) había quedado en el secundario puesto 57 (segunda ronda). Manu no sabía nada de la ciudad ni del equipo que lo había elegido, los San Antonio Spurs.

Ginóbili logró llegar a la NBA, pero no escogió el lugar. Pudo haber caído en un equipo en crisis o sin una estrategia clara, pero, por el contrario, fue a dar en una de las organizaciones más importantes.

Contó con un grupo de compañeros, tanto en la selección de su país como en los Spurs, que siempre estuvo convencido de sus objetivos, siempre puso los egos a un lado. En la NBA tuvo a un líder como pocos, su entrenador Gregg Popovich, un tipo que revolucionó la manera de entrenar y competir en este siglo por sus maneras de trabajar y transmitir los mensajes.

Tuvo la fortuna de dar con una novia a la que conoció en la edad en que el margen de error es más amplio, al final de su adolescencia. Marianela Oroño no solamente ha sabido ser la mamá de sus tres hijos, sino que ha sido la patrocinadora de sus sueños, la que soportó heroicamente lo que significa ser la compañera de vida de un deportista de élite. La que llevó de la mejor manera sus viajes, sus momentos de descanso individual obligados, las vacaciones inexistentes, las frustraciones de las derrotas y, claro, las emociones de las victorias.

Ginóbili fue un crack, eso nadie lo duda. Pero el talento no hubiera servido de nada si lo que lo rodeó no hubiera conspirado a su favor. Manu puso las capacidades, lo demás no lo eligió pero fue fundamental.

 

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