Por: Pablo Felipe Robledo

El circo

En varias columnas he criticado al gobierno Duque por haber presentado objeciones al proyecto de ley estatutaria de la JEP. También he indicado que la presentación de esas objeciones implicaría no solo un choque institucional entre el Gobierno y la Corte Constitucional, sino que llevarían a Duque y sus aliados a un desgaste innecesario que les restaría gobernabilidad. Más que objeciones a la paz eran tiros en el pie.

En la estrategia de darle y darle al espejo retrovisor en un tema en el que la mayoría de los colombianos tan solo pedimos mirar hacia el horizonte y transitar por un futuro en paz, el que más pierde es el Gobierno, al que le pasará lo mismo que al equipo de fútbol que cuando va ganando quema tiempo, pero cuando va perdiendo pide reposición. A Duque se le va consumiendo su mandato, y no sabemos, lastimosamente, ni para dónde vamos, ni quién en verdad es el que nos está gobernando.

Lo que sí era impredecible es que la tramitación de las objeciones se convirtiera en uno de los episodios, por lo menos en las últimas décadas, más vergonzosos. El Gobierno entró en un desgaste sin precedentes no solo menguando la capacidad de los partidos que lo respaldan, sino uniendo a la oposición como nunca se había cohesionado.

Quedó claro que este Gobierno, como ya lo habían advertido algunos dirigentes, no solo se ha dedicado a comerse él toda la mermelada con sus aliados del Centro Democrático, sino que ya la está repartiendo y esparciendo entre quienes ayudan en la tramitación de un específico proyecto de ley. Por ejemplo, el Plan Nacional de Desarrollo, o este de las objeciones a la JEP que dejó en coma diabético y bajo investigación a un par de senadoras.

Durante casi dos meses, el Congreso se convirtió en un circo como para alquilar balcón. Se inventaron todo tipo de tesis procedimentales y tutelas para tumbar el inicial y aplastante trámite de negación de las objeciones en la Cámara. Después, expusieron todo tipo de tesis matemáticas para decir que una mayoría no es una mayoría. Y en el entretanto, un país atónito viendo cómo el Congreso se convertía en un circo, hasta el punto de que a Mockus solo le faltó volverse a montar en un elefante para su llegada “triunfal” al Senado como lo hiciera en su matrimonio.

En fin, perdió el Gobierno. Quedó desprestigiado, dio una batalla innecesaria, agrandó y engrandeció a sus contradictores, y perdió gobernabilidad. Pero el que más sufrirá será el país, su institucionalidad, el sosiego que necesitamos para implementar la paz y el futuro de la agenda legislativa.

Eso sí, nos queda la imagen de un Congreso convertido en un circo cuya función final fue la tramitación del Plan Nacional de Desarrollo. Un acto lleno de micos, orangutanes, elefantes y, claro está, de payasadas populistas como los aranceles por ley a las importaciones de confecciones, que pagaremos millones de colombianos para proteger a unos pocos empresarios de nuestra industria local, siempre llena de subsidios, ayudas y fondos de estabilización de precios para solventar sus propias ineficiencias.

 

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