Por: Reinaldo Spitaletta

Gadafi y la civilización

Hemos hablado tanto de civilización, que ésta ya se ha vuelto un apolillado asunto de museo. Nos hemos preocupado por darle estética al asesinato (sobre todo en literatura), por el derecho, por la democracia (materia de utopías), pero cada vez nos hundimos más en la barbarie.

El siglo más infame de la historia ha sido el pasado, en el que cayeron al abismo la razón y las razones de la humanidad, desapareció el individuo y la condición del hombre se transmutó en la del tan anunciado lobo.

Se ha dicho hasta el cansancio que la hipocresía de Occidente es asquerosa. Utilitarismo puro. Muchas veces, se han dado las alianzas con aquellos que los mismos dirigentes occidentales han llamado, por ejemplo, los perros rabiosos de la guerra. Pero es que más allá de cualquier civilización, más allá de cualquier derecho internacional, siempre se impondrán las razones del petróleo, de la ganancia, del sometimiento al mercado y la rentabilidad. Lo que también permitiría aventurar una hipótesis: que es el capitalismo y sus variantes el que conduce a la barbarie, todo con una máscara de presunta civilización.

El caso de Gadafi, tan apreciado en su momento por los adalides de la democracia europea y norteamericana, es un botón de muestra de quiénes van definiendo los destinos del mundo. Hay unos que ya se arrogaron el derecho a ser verdugos, a acusar cuando se convenga, a sitiar cuando las condiciones así lo ameriten. Son dueños y amos. Y quien en esa red caiga en desgracia, será destruido.

Qué importaba, por ejemplo, si Gadafi, en muchos momentos, era un ser opuesto a la “democracia”. Para Occidente lo clave era el petróleo, que el tirano (vaya, y si masacra a su pueblo, mejor) no fuera a irse en contra de los intereses de los Estados Unidos, de la Otan, y en esa medida había que abrazarlo, reunirse con él, sonreír con él. Tiene petróleo, carajo, y eso es lo que importa. No si es o era un matón, un dictador, un sibarita que reúne o reunía en su palacete vestales y otras flores inmaculadas. Occidente quiere petróleo, embriagarse con él. Y si quien lo tiene de pronto se rebela, pues le damos su merecido. Y listo.

Sí, que es un criminal, un déspota, un violador de derechos humanos, qué importa  si así nos sirve en la medida en que no nos niegue parte de su mercado ni nos vaya a chantajear con el petróleo. Hace años, Gadafi se había convertido en “amigo” de Occidente. Después del bombardeo de Reagan, los otros presidentes gringos lo alabaron, se fotografiaron con él. Milagros del petróleo. Sí, aquel “payaso sangriento” era nuestro payaso. Así lo vieron Occidente y, claro, también algunos marxistoides y anticolonialistas, y con él también se abrazaron tercermundistas como Chávez y la señora Kirchner.

George Bush (¿algún día lo llamarán a juicio como criminal de guerra?) en 2008 felicitó en público a Gadafi “por su contribución a la paz del mundo”. De pronto, para los Estados Unidos, el “payaso”, el “perro” había dejado de ser terrorista. El petróleo puede con todo.  Berlusconi, Sarkozy, el rey de España, Rodríguez Zapatero, todos lo abrazaron como si fuera su pareja de baile. Ah, y casi todos los mandatarios iban a Trípoli al palacio que Reagan le había destruido al libio, al mismo que la semana pasada lincharon otros criminales muy parecidos a él.

Y no es raro que la Otan (representante de la civilización) haya participado en la barbarie contra el bárbaro. Ya lo había hecho, de modo aterrador, en la propia Europa, en la antigua Yugoeslavia. La Otan también es criminal de guerra. Volvamos a Occidente y sus bellezas. Todos los mandatarios “significativos”  abrazaron y besuquearon al sátrapa libio hace dos años, porque, claro, el petróleo puede con todo.

Occidente y sus medios pueden exhibir el linchamiento y después el cadáver de aquel que cayó en desgracia con los intereses de los que ahora pueden ser “amigos” y mañana serán tus verdugos. Es repugnante, sí. Pero esa es la civilización.

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