Por: Reinaldo Spitaletta

La última tinta de Günter Grass

Un escritor debe ser, como diría algún filósofo, la “mala conciencia” de su tiempo.

No debe estar acariciando las sayas de los que están en el poder, cualquiera que éste sea, ni andar detrás de los emperadorcitos o servirles de acólitos. No. Un escritor –se supone- debe ser un cuestionador del mundo, de sus injusticias y peligros. Y en ese sentido, creo que el reciente debate suscitado por Günter Grass se enmarca en esa condición del deber ser de un escritor.

El autor de El tambor de hojalata está, hoy, en la mira israelí y en particular del gobierno de Benjamin Netanyahu , por el poema en prosa que escribió en contra del “presunto derecho de un ataque preventivo que podría destruir al pueblo iraní”.  Grass sugiere en su escrito que en Israel existe un enorme potencial nuclear, en secreto, que no es sometido a ninguna inspección internacional. Denuncia la hipocresía occidental que admite el hecho pero guarda silencio sobre el mismo.

El caso es que a propósito de la publicación del poema del Nobel de Literatura alemán, el gobierno israelí lo declaró persona no grata, al tiempo que otras organizaciones lo han considerado un “antisemita”. Esto último no es raro cuando se equipara o se confunde que cuestionar al gobierno de Israel es ser antisemita, en una desviación que ha convenido de varias maneras al estado israelí. Ya no se puede, por ejemplo, declarar a favor del pueblo palestino, porque de inmediato viene contra quien así actué el calificativo de antisemita.

Grass, que según él, a los ochenta y cuatro años, está empleando ya su “última tinta” se pregunta si la potencia atómica Israel amenaza la “frágil paz mundial” y advierte que no se callará ante lo que puede ser un acto infame que destruiría a un pueblo como el de Irán. Critica la posición alemana de entregar como parte de una reparación, seis submarinos a Israel “cuya especialidad es enviar ojivas destructoras a un sitio donde la existencia de una sola bomba no ha sido probada”.

El escritor, en una actitud ética, dice hoy lo que hay que decir y se interroga acerca del silencio que había guardado al respecto: “Porque pensé que mi origen, que está marcado por un baldón imborrable prohíbe imputar este hecho como verdad expresada al país Israel, al que estoy unido y quiero seguirlo estando…”. Y da a entender por qué un alemán –de un país cuyos crímenes están reconocidos- sí puede criticar las actitudes de un gobierno como el de Israel. Y aquí cualquiera podría expresar si el haber sido víctimas casi seis millones de judíos en los campos de concentración nazi, le da hoy patente a Israel para actuar como se le venga en gana, ¿o acaso aquella vileza de Hitler y compañía contra judíos (ah, y comunistas y gitanos y homosexuales, etc.) la ampara contra las críticas a su militarismo, contra su empecinamiento de negar a los palestinos una patria?

Günter Grass, ahora en el ojo del huracán, ha tocado un problema que, en rigor, acosa a los pueblos del mundo, no sólo a los de Israel e Irán. El polémico autor de La ratesa, que estuvo hace años bajo la vigilancia de la Stasi de la Alemania oriental pero también de los servicios secretos de la Alemania occidental, debe saber que es interesante –y hasta necesario- que un gobierno, un poder, lo declare persona no grata. Eso lo vacuna contra el servilismo.

El escritor, que en su juventud perteneció a las Waffen SS de Hitler, asunto que reconoció después de muchos años, ha dicho que el sentido de culpa alemán frente a Israel no puede terminar por mancharse de otra culpa a la hora de apoyar un ataque preventivo israelí contra Irán. Y por eso, según él, ha roto su silencio y atacado la hipocresía occidental. Este filólogo e inventor de palabras, admirador de los hermanos Grimm, sabe que su posición está del lado de la preservación de la humanidad y de la convivencia pacífica.

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2012-04-10T00:01:32-05:00

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