Por: Ramiro Bejarano Guzmán

¿A quién cree que le habla?

El reclamo airado de Uribe contra Santos con ocasión del repudiable acto terrorista de esta semana, fue oportunista e irresponsable. Convertir en mitin político lo que debió haber merecido repudio contra el terrorismo, es imperdonable en quien tuvo la responsabilidad de manejar el país.

El exmandatario parece haber olvidado —o asume que a todos nos pasa lo mismo—, que durante el gobierno de la seguridad democrática hubo al menos los siguientes 10 atentados gravísimos:

• Ataque al senador Germán Vargas Lleras, en diciembre de 2002, con un libro bomba enviado a su oficina en el Congreso.

• Casa bomba en Neiva en febrero de 2003, con 15 muertos.

• Carro bomba en el Club El Nogal el 7 de febrero de 2003, con 36 muertos y 200 heridos.

• Asesinato del profesor barranquillero Alfredo Correa de Andreis el 17 de septiembre de 2004, en circunstancias que no hablan bien del gobierno de entonces.

• Masacre de San José de Apartadó en febrero de 2005, en la que acribillaron cinco adultos y tres niños.

• Asesinato de varios concejales en Puerto Rico, Caquetá, en marzo de 2005, por las Farc.

• Nuevo atentado contra el senador Germán Vargas Lleras, el 10 de octubre de 2005, en el norte de Bogotá, que el Gobierno atribuyó velozmente a las Farc, sin que jamás se haya confirmado su participación.

• Carro bomba en el campus de la Universidad Militar Nueva Granada, el 23 de octubre de 2006, supuestamente atribuido a las Farc.

• Carro bomba al Comando de la Policía en Cali, en abril de 2007, que dejó dos muertos y 30 heridos.

• Carro bomba Palacio de Justicia, Cali, en septiembre de 2008, con un saldo de cuatro muertos y 26 heridos.

Lo anterior sin contar con los falsos positivos, por cuenta de los cuales murieron tantos inocentes que aún no sabemos el número; o el crimen de un contingente de policías en las afueras de Cali, atribuido a simples errores del Ejército, tesis derrotada en los estrados judiciales.

Y cada vez que la seguridad democrática tuvo que enfrentar estos sucesos, ni la más recalcitrante oposición le pasó mezquina factura al gobierno de quien hoy se rasga las vestiduras.

Pero Uribe también fue ruin con sus críticas al Gobierno, porque repitió lo mismo que él propició. Al exmandatario le irrita que los alfiles de la Casa de Nariño se trasladen en gavilla a la Cámara para presionar la aprobación del esperpento del marco jurídico para la paz, como si él y los suyos no hubiesen hecho lo mismo y acudido a estrategias peores. No olvidar Teodolindo, Yidis y otras yerbas del pantano.

Y a todas estas, el Gobierno se ve arrinconado con los ataques aleves de sus aliados de antaño. El presidente reacciona tarde y sin fuerza, y para colmo de males, exceptuando un par de ministros en todo caso tibios, los demás andan cada uno en lo suyo sin ponerse la camiseta del Gobierno: unos porque quieren ser santistas sin pelearse con Uribe, otros porque no han dejado de ser uribistas, y los demás porque no están dispuestos a correr riesgos y adoran sus hojas de vida o los negocios que los esperan cuando sean ex.

Adenda. Algunos magistrados de altas cortes me hicieron conocer su sorpresa con mi columna anterior, en la que critiqué la tramposa reforma a la justicia que pretende patentar el soborno constitucional de prorrogarles el período y la edad de retiro forzoso, porque en sus criterios, mi nota dejó la sensación de que todos participan del indebido festín. Aunque hablé de algunos magistrados y no de la totalidad, insisto en que quienes no estén de acuerdo con esa deplorable reforma, tienen la oportunidad histórica de anunciar desde ya que si se aprueba el adefesio, renunciarán cuando completen los ocho años de sus períodos o los 65 de edad. Ese gesto enaltecería la estrujada dignidad de la justicia.

Entre otras, ¿por qué el magistrado de la Corte Suprema Francisco José Ricaurte anda haciendo comidas esta semana con representantes a la Cámara en su residencia, justo ahora que esa Corporación debe continuar con el trámite de la penosa reforma a la justicia? El silencio de sus colegas es inexplicable.

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