Por: José Fernando Isaza

Ciénaga Grande de Santa Marta

Este santuario protegido de fauna y flora alberga en su interior tres poblaciones: Nueva Venecia, Buena Vista y Trojas de Cataca.

Las aves migratorias y las especies locales encuentran en sus hoy protegidos manglares un hábitat propicio para su conservación. Es difícil encontrar un sitio como las bocas de Aracataca (Trojas de Cataca) , en el cual cientos de miles de patos y garzas vuelan ofreciendo un espectáculo difícilmente visible en otro lugar. Mucha menor fortuna han corrido los habitantes de las poblaciones sobre palafitos. El pasado 30 de abril el Ejército y la Policía, atendiendo una orden del Tribunal Administrativo del Magdalena, fueron a Nueva Venecia a pedir perdón por negligencia: no haber acudido al llamado de sus habitantes cuando el 22 de noviembre del 2000 fueron masacrados 39 de los 1.348 pobladores de Nueva Venecia. Las víctimas dijeron “no podemos perdonar ni olvidar”. El paramilitar Jorge 40 ha sido condenado por este crimen. Dijo que fue un “acto de guerra”.

No puede haber perdón sin pedirlo. Más de 100 paramilitares fuertemente armados, creyendo, con razón, que las autoridades no iban a intervenir, asaltan en la madrugada a un pueblo de pescadores desarmados incapaces siquiera de huir en sus canoas artesanales. Doce lugareños son asesinados en la plaza, acostados boca abajo; los otros son acribillados en sus casas. Un abuelo clama que no le maten al nieto, que él se ofrece a cambio, la respuesta es el asesinato del niño y del abuelo. La indignación de los pescadores, con toda razón, persiste. No entienden cómo justificaron el asesinato aleve de sus familiares acusándolos de guerrilleros.

Meses antes, otra masacre había tenido lugar en las Trojas de Cataca. Doce pescadores son asesinados, casi toda la población huye, sólo quedan algunos. Hoy sus moradores están volviendo. La población de Nueva Venecia también se está recuperando; luego de la masacre los moradores se redujeron a menos de 1.000, en el año 2009 ya ascendían a 1.683.

Para que se mantenga la memoria de los crímenes atroces y en esta forma se logre la catarsis que permita el perdón mas no el olvido, se erigen monumentos. Hay grandes contrastes entre ellos.

Basta comparar el monumento a las víctimas del atentado en la estación del metro en Atocha, Madrid, con la poca mantenida obra que recuerda la masacre de Trujillo en el Valle del Cauca, muchas de cuyas lozas están resquebrajadas. En Nueva Venecia, para preservar la memoria de sus muertos se escribió con pintura, en unas piedras colocadas en el frente de la iglesia, el nombre de la víctima. El tiempo los ha ido borrando. Es de esperar que antes que la lluvia y el viento hayan desaparecido el último vestigio de los trazos, la Comisión de Memoria Histórica ordene erigir un monumento que recuerde, para que no se repita, esta horrorosa masacre.

Post scríptum. Nueva Venecia surge en 1897. El lugar era sitio de pesca de habitantes de las localidades situadas en las orillas de la Ciénaga. Como tenían que permanecer varios días alejados de sus familias, un pescador construyó con la madera de los manglares un refugio. El ejemplo fue seguido y así se creo el poblado. La forma de llegar a él es por vía acuática.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de José Fernando Isaza

Vajilla

Inestabilidad

Realidad

Colateral

Símil