Por: Ramiro Bejarano Guzmán

El negociado liberal

Mientras en el Congreso de la República se perpetraba el asalto de aprobar la inmoral reforma a la justicia y el marco jurídico para la paz, se deslizó la noticia de que el Partido Liberal aspira a quedarse con la Defensoría del Pueblo.

Fácil resulta suponer que los amigotes de las nuevas directivas del liberalismo, amos y señores de la colectividad que manejan como su hacienda privada, han de estar desempolvando hojas de vida para aspirar a ese cargo, más que pensando en diseñar un programa inspirado en el ideario liberal.

La noticia refleja de cuerpo entero lo que hoy es el Partido Liberal: una asociación de menor cuantía, sin ideología, arrodillado al Gobierno y engolosinado con la burocracia oficial, que si bien un día apoya la Ley de Víctimas y de Tierras, al siguiente se hace cómplice de desastrosas reformas a la Constitución, como las que aprobó esta semana para deshonra de la Nación y de quienes participaron de esa orgía institucional.

La buena nueva debe de tener radiante al procurador Ordóñez, quien se ufana asegurando que el Partido Liberal no sólo no se atravesará en su ilegítima carrera reeleccionista, sino que lo apoyará, como ya lo anunció el propio Simón Gaviria. Lo que el liberalismo parece estar a punto de patentar es una fórmula burocrática, consistente en que los godos sigan con la Procuraduría que han gobernado a su antojo, para que a cambio los liberales se queden con las migajas de una deteriorada Defensoría del Pueblo y con uno que otro procurador regional. Tan han gobernado el Ministerio Público como su oficina personal, que ya se han hecho tristemente célebres las clases o los cursos de cocina que en la misma sede de la Procuraduría realiza la poderosa esposa de Ordóñez, “tertulias” durante las cuales sin disimulo alguno exhorta a apoyar la reelección de su maridito.

La noticia, pues, de que el próximo defensor del Pueblo podría ser un liberal no es más que otra claudicación del liberalismo, por cuenta de la cual el partido prefirió hacerse el de la vista gorda antes que enfrentar la corrupción que encarna Alejandro Ordóñez. La estrategia no es nueva, hace cuatro años también con el apoyo liberal se hizo procurador a este intolerante vocero del laureanismo.

Me resisto a creer que las flamantes directivas del liberalismo no se han enterado de las noticias que por estos días se han conocido, acerca de que Ordóñez ha despedido a muchísimos funcionarios, para reemplazarlos por otros que curiosamente vienen con recomendaciones de senadores y magistrados debajo del brazo.

Al Partido Liberal no se le ocurrió convocar un gran debate en el Congreso para que ese procurador intransigente y perseguidor explique cómo es eso que ya tiene comprada su reelección ofreciendo puestos a los congresistas y también a los magistrados de una de las Cortes que lo ternará. Es obvio que los liberales avalan esa indecente candidatura que saldrá adelante, porque como me lo aseguró un ministro, Ordóñez “es inderrotable en el Congreso, porque ha sabido metérselos a todos al bolsillo”.

A los liberales nos duele que el partido se sienta a gusto con el traicionero enroque de dejar la Procuraduría en manos de la intolerancia y la corrupción, a cambio del pastel de la Defensoría; si algún ápice de ideología tiene por defender, debería exigir a sus parlamentarios que de cara al país desnuden lo que ha sido esa institución en el tenebroso reinado de Ordóñez, durante el cual se han conculcado los derechos humanos de muchos y se ha administrado justicia disciplinaria al vaivén de los odios y necesidades políticas del jefe.

Que la Procuraduría y la Defensoría sigan en poder de los mismos con las mismas no es de extrañar, pero que después no nos vengan con el cuento de que el liberalismo está renovado.

Adenda. ¿ Apenas cuatro años de cárcel efectivos para los Nule, sin que se conozca el entramado de la corrupción a nivel nacional? El delito sí paga.

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