Por: William Ospina

Sobre una piedra antigua

Casi no había dormido la noche anterior, pero en el avión no pude cerrar los ojos, esperando que apareciera el río.

Volamos hacia el este, orillando la sierra del Ávila, ganando altura para sobrevolar las crestas, y yo me preguntaba cuál sería la ruta. La sierra, menos elevada, es el equivalente de la Sierra litoral de Santa Marta, cumbres y cumbres verdes a la orilla del mar. Sin un mapa a la mano, mi ignorancia me hizo pensar que volaríamos en media luna sobre las montañas y que cruzaríamos después en diagonal como buscando la frontera colombiana. En realidad volamos hacia el sur. Mi alegría habría sido mayor si supiera que íbamos en dirección a la Gran Sabana, cerca del parque de Canaima y de los tepuyes mitológicos. Pero no había llegado el día de visitar las cascadas más altas del mundo.

Sólo al final aparecieron los ríos. El Orinoco nace en el sur, avanza hacia la frontera colombiana y la describe, se devuelve cruzando el centro del territorio, y después se pierde hacia el nordeste, buscando el Caribe. Es de verdad un río patrio, que se funde con sus naciones y su historia.

¿Cuál de aquellos dos cauces era el Orinoco? ¿El río ancho y gris que serpenteaba abajo, o el enorme cauce de agua parda que fluía a su lado pero no se mezclaba? El enorme dios pardo era el río. Como en el punto donde se juntan el Amazonas y el río Negro, son dos caudales, dos densidades, dos colores, dos velocidades, dos temperaturas. Hace años, después de volar horas sobre la selva, vi esos dos ríos fluyendo juntos sin mezclarse, serpientes de colores distintos que tardan mucho mundo en volverse una sola. Pero ahora no podríamos ver la conjunción del Caroní y el Orinoco: había tantas cosas por hacer en Puerto Ordaz y en San Félix! Hallar otra ciudad trazada por la modernidad del medio siglo, como Brasilia, las avenidas amplias y rectas, los edificios modernistas, las viejas y frescas casas de funcionarios y de técnicos de las transnacionales del aluminio y del hierro. Y las grandes represas convertidas en espectáculo sobrecogedor junto a las autorrutas.

Allí todo era río: los árboles, los pájaros, los sonidos, las gentes. Un río poderoso impregna de todas las formas la vida de la orilla, pero dos ríos enormes son ya un espejismo. Caminando por el Cachamay, un parque de árboles altos llenos de monos traviesos, y frente al bullicio de los saltos del río Caroní que hacen fiestas con las curvas del río, me intrigó el hecho de que haya sido más fácil para mí llegar al Amazonas por el Brasil y llegar al Orinoco por Venezuela. Pero es verdad que en Colombia no es fácil concebir una visita a esas regiones del territorio, que parecen marcadas por la dificultad o por el peligro. Tabatinga está más cerca simbólicamente de Brasilia y de Sao Paulo, y Puerto Ayacucho de Caracas, que Leticia o Puerto Carreño de Bogotá.

Allí estaban los ríos, las selvas y la luz de las selvas. Aún se siente el sabor de paraíso de las grandes sabanas, entre la luz violenta y el calor del llano. Pero más adelante esperaba un lugar más conmovedor, que conjunta el asombro del espacio y del tiempo: Ciudad Bolívar. Sembrada en roca viva, ese macizo es una de las regiones geológicas más antiguas del mundo. Cualquier lector distraído dirá que es un error: que si en este planeta todos somos iguales, el suelo venezolano no puede ser más antiguo que el suelo colombiano. Pero en tiempos harto tempranos para el lenguaje, esos peñascos donde se alzaría la ciudad de Angostura estuvieron solos sobre el agua mirando al occidente. El choque de dos placas planetarias hizo emerger por millones de años una tierra nueva, que estaba, como en el verso de Hugo, “todavía blanda y mojada del diluvio”: los Andes. Así nacieron las montañas que ocultan los relámpagos del Pacífico, la tierra en que nacimos. Y de esa piedra firme de Angostura salieron un día los ejércitos a inventar las repúblicas. Era conmovedor llegar, ver esas casas blancas y amarillas y rosadas que miran al Orinoco, caminar por la plaza donde hay un Bolívar de bronce rodeado por cinco muchachas de mármol que son sus repúblicas, e ir a la austera casa del Congreso de Angostura, donde se proclamó la Gran Colombia, el mejor sueño que tuvimos.

Por una de las ventanas de la casa pudimos ver al fondo la pared donde tres años antes de la victoria fue fusilado Manuel Piar. La región guayanesa todavía lo venera, porque fue él quien liberó los graneros de Angostura e hizo posible la campaña libertadora. La guerra lo trituró en sus molinos, pero uno siente ahora que lo que no pudieron perdonar sus amigos, ni siquiera Bolívar en momentos desesperados, la historia tiende a perdonarlo. Fuimos a la habitación que sólo tiene una mesa y una hamaca, donde Piar pasó las últimas semanas de su vida, recorrimos el zaguán que lleva a la plaza, cruzamos el sitio junto a la catedral donde, en el calor abrasador de las cinco de la tarde, el condenado debió sentir el aire fresco, la línea de brisa pura que cruza la plaza, treinta pasos antes del patíbulo.

Desde la terraza de la casa sagrada de las seis banderas miramos entonces al Orinoco allá abajo, y el peñasco en medio del río que mide su caudal. “Mientras aquella piedra no se mueva, el mundo estará a salvo”, dijo alguien. Y de pronto sentimos que era verdad, que la salud del mundo y de la historia no la miden ya los políticos y los banqueros, sino el estado en que se encuentre lo más entrañable, lo más cotidiano, comprobar que una piedra antigua sigue midiendo el caudal de las aguas del río.

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