Por: María Elvira Bonilla

En el lugar equivocado

Es posible que en este momento Juan Manuel Santos ya tenga el portarretrato entronizado en su despacho con la foto que divulgó hasta la saciedad la Presidencia: aparece colado entre los mandatarios del G-20, el grupo que reúne a las veinte naciones más ricas del mundo.

Si bien Santos consiguió que el anfitrión de la cumbre, el mexicano Felipe Calderón, lo invitara junto con el chileno Sebastián Piñera (propósito que debió resultar de la comidita a la que los invitó a La Vitrola en el marco de la otra cumbre, la de las Américas en Cartagena, la que nos costó $62.000 millones para lograr otra foto), claramente estaba en el lugar equivocado. Ha podido asistir y aprovecharla para reuniones bilaterales, pero por favor discretamente y ¡sin posar con los grandes! Un club al que no pertenece.

Porque lo peor es que Santos se lo cree. Le gusta codearse y tomarse la foto con los grandes, aunque no tenga con qué. El PIB del país más pequeño de los que se reunieron en Los Cabos supera al de Colombia al menos cuatro veces. Pero esto no es lo peor ni lo más vergonzoso. No sólo dio ampulosas declaraciones sobre la economía mundial sino que exaltó, en conferencia propia, la política macroeconómica colombiana, aunque olvidó recordar que esa maravilla de política es la que ha dejado como saldo un país que ostenta el primer puesto en inequidad, con mayor desigualdad en distribución del ingreso en América Latina —con excepción de Haití—, y el cuarto en el mundo (coeficiente Gini). Esa brecha entre ricos y pobres debería ser motivo de vergüenza porque además nada indica que vaya a cambiar. La realidad de los 800 municipios con un índice de pobreza superior al 66% seguirá siendo la misma, así Santos sueñe con ser el presidente de un país distinto. Sobre todo más elegante y más desarrollado.

Esta obsesión lo ha llevado a insistir, como prioridad diplomática y con los costos que estos esfuerzos derivan, a llevar a Colombia a formar parte de otro club de grandes ligas: la OCDE —Organización para la Cooperación y el Desarrollo—. Allí no son 20 sino 34 lo países miembros. Las mayores economías del mundo a excepción de México, Turquía y Chile. Allí quiere estar. Porque es tal el gusto del presidente Santos por esos escenarios ajenos, que sin llegar a los dos años de gobierno ya ha completado 60 viajes al exterior para participar en foros, reuniones, visitas de Estado, con un talante que está enclavado en el alma colombiana: aparentar ser lo que no se es y que se define en una palabra: arribismo. Que se expresa en lo grande y en lo pequeño.

Adendum. Ojalá los indignados del Valle del Cauca, que son muchos, logren que su voto en blanco se exprese en las elecciones para la Gobernación del próximo domingo. La incompetencia (por decir lo menos) de los tres candidatos —Ubeimar Delgado, el signado por la Unidad Nacional (que ya sabemos de qué es capaz esa trinca política), Francined Cano (la reedición de Martínez y Abadía) y Carlos González, del Polo— ha hecho que esta vez no se esté dispuesto a aceptar la manida fórmula de escoger al menos malo. Es triste, pero el Valle perdió nuevamente la oportunidad de encontrar una buena brújula. 

 

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