Por: Reinaldo Spitaletta

Espalda expresidencial

Las espaldas de algunos expresidentes colombianos deben lamentar el no tener ojos ni oídos.

Pero, a su vez, deben de estar contentas porque han ganado en fama. Una, por ejemplo, se hizo célebre porque su dueño nunca se enteró de lo que pasaba en La Catedral, aquella cárcel cinco estrellas de Pablo Escobar. Otra, porque su mandatario no vio entrar en palacio un enorme elefante, el del caso ocho mil. Y otra, tal vez la más sonada, porque su amo, experto en caballos, no se dio cuenta del mundo criminal que lo rodeaba.

Sobre esta última espalda, que duró ocho años en la Casa de Nariño (rebautizada como la “Casa de Nari”), se ha escrito bastante. Tanto, que ya resulta redundante hablar sobre el asunto. Por ejemplo, el señor de marras (algunos lo apodan “el señor de las sombras”), no supo, por ejemplo, de las correrías de sus dilectos muchachos, buenos por lo demás, que en el DAS hicieron alianza con paramilitares, y les dieron información sobre sindicalistas, periodistas críticos y opositores al gobierno. Algunos de esos chicos ya están condenados por ser delincuentes.

Tantas anomalías sucedieron a espaldas del señor que, según uno de sus paniaguados, posee una “inteligencia superior”, y que para el efecto daba muestras, más bien, de sufrir una suerte de autismo. Parece que nunca se enteró de la presencia en palacio del paramilitar alias Job, que iba a reunirse con dependientes de aquél. Qué raro. Ni supo, por mencionar otro evento, de las irregularidades que se presentaban en un programa bandera de su gobierno, como el de Agro Ingreso Seguro.

Una vez, en un consejo comunal, el alcalde de El Roble, Sucre, Eudaldo Díaz, parado enfrente del señor del Ubérrimo (era mejor que hubiera estado a sus espaldas), le dijo que los paramilitares en complicidad con el gobernador de Sucre lo querían asesinar. Días después, apareció el cadáver del alcalde, con signos de tortura. Y a quien el funcionario acusó de que lo iba a matar, el príncipe en cuestión lo nombró en un cargo diplomático en Chile. Manes de la seguridad democrática.

Qué extraño que aquel hombre que maneja un alto grado de concentración para que a caballo el pocillo de tinto no se le derrame, no se hubiera enterado de que un primo suyo, senador y muy querido por él, estaba ligado con los paramilitares. Y así habría un rosario de hechos de los cuales él, tan avispado para trinar, no supo, porque, como se dice, las espaldas no son capaces de darse cuenta de tanta vaina. Cómo se iba a saber de las chuzadas del DAS; cómo de los “falsos positivos”, cuando el presidente de hoy era su ministro de Defensa.

Ah, y de su exjefe de Seguridad dizque nada conocía, afirma hoy. Cómo así que el general Santoyo trabajaba para los paramilitares. Ni riesgos, si él hubiera tenido conocimiento del asunto en aquellos días no lo hubiera nombrado. Qué extraño, y en aquellos días, había denuncias al respecto de senadores como Gustavo Petro y Jorge Robledo. Este último, cuando se aprobó el ascenso a general del coronel Santoyo, dijo, en constancia histórica en el Senado: “Lo peor de todo es que el responsable con nombre propio de esta decisión se llama Álvaro Uribe Vélez, presidente de la República. Porque es clarísimo que si el coronel Santoyo no hubiera pertenecido al círculo íntimo del Presidente de la República, no hubiera sido su jefe de seguridad en la Casa de Nariño, esta situación que hoy estamos discutiendo aquí no se habría dado”.

Mejor dicho, el hombre nunca se enteró, por ejemplo, del montaje vergonzoso para la desmovilización del falso frente Cacica Gaitana, de “la Far”; ni de que varios de sus “buenos muchachos” resultaron ser hampones. Ah, y tampoco de que aquel “héroe nacional”, según sus palabras, el general Rito Alejo del Río, había asesinado a un campesino. Acaba de ser condenado por ese delito.

A veces da buenos réditos políticos decir que “todo sucedió a mis espaldas”. Esa parte del cuerpo es para algunos expresidentes muy importante. Acaso por ello es que tienen tantos guardaespaldas. Cosas de anatomía. Válgame Dios. 

 

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