Por: Cecilia Orozco Tascón

Los puestos y la intimidación

A Alejandro Ordoñez le va a estallar el pecho del orgullo que le produce haberle ganado un pulso de poder al presidente de la República cuando éste, muerto de susto, aún decidía si lo candidatizaba o no para un nuevo periodo frente al Ministerio Público, incluyéndolo en la terna de aspirantes.

Pero Santos todavía tiene margen de maniobra para evitar caer en las garras de enemigo tan peligroso. Podría prestarle un servicio, cómo no, poniendo a consideración de los electores del procurador, a un, o de preferencia a una desconocida del mundo político, rica en méritos académicos y paupérrima en votos. El Consejo de Estado, el otro órgano con facultad de llevar un nombre a la terna, no era buena opción para el reeleccionista porque se atrevió a pedirle que ingresara a una lista de la que se escogería el ganador por concurso ¿Concurso? Nada más faltaría.

Quedaba la Corte Suprema, hoy compuesta por 19 magistrados pues su sala plena, por andar maquinando cómo elegir amigotes, ha sido incapaz de reemplazar cuatro vacantes. Entre los 19, cinco estaban impedidos para ayudarlo a seleccionar porque Ordóñez, a su vez, los ha gratificado entregándoles puestos de gran salario a sus familiares o a ellos mismos, como ocurrió con Margarita Cabello Blanco. Los otros cuatro conexos con la Procuraduría son el presidente de la Corte, la vicepresidenta, el presidente de la Sala Penal, y el magistrado Burgos. Casi nadie. No obstante, muy al estilo de los politiqueros del parlamento –qué pena si les molesta–, el argumento legal venció al ético: se puede hacer todo lo que la ley permita. Los otros togados no les aceptaron los impedimentos “porque no se trataba de juzgar a Ordóñez sino de elegirlo” (!!!). Se ignoró el tema de los conflictos de interés que toca con esa tontería que se denomina conciencia. La verdad es otra: faltaban dos votos para obtener la mayoría exigida porque 19–5 = 14 y el mínimo requerido era de 16. Se encontró una solución sencilla: tres de los impedidos (dos estuvieron ausentes) votaron por el empleador: el presidente Zapata, la vicepresidenta Díaz y el magistrado Burgos. Así se llegó a los 17 espurios aplausos con que “unánimemente” coronaron a Ordóñez. ¡Pura suerte!

En el segundo paso, presentación ante el Senado, Ordóñez está seguro: más cargos, más votos, ningún impedimento, ningún conflicto de interés. Diversos medios revelaron listados de los congresistas agradecidos con el procurador porque le deben el control de las procuradurías de sus regiones. Repito una relación conocida, no exhaustiva, de los que tienen vínculos con empleados del candidato y quienes, con seguridad, votarán por él: Roy Barreras, presidente del Senado; Juan Manuel Corzo, Efraín Cepeda, Roberto Gerlein, Antonio Guerra, Carlos Eduardo Merlano, Bernardo - Ñoño- Elías, Arleth Casado, Hernán Andrade, Carlos Ferro, Camilo Sánchez, Milton Rodríguez, Juan Samy Merheg, César Tulio Delgado, Germán Villegas, Eduardo Gechem, Carlos Ramiro Chavarro, José Darío Salazar, Luis Fernando Velasco. No están todos. Faltan muchos de adentro y unos de afuera que ejercen influencia en sus partidos, entre ellos: Omar Yepes, Dilian Francisca Toro, Javier Cáceres, Pablo Victoria, Fernando Londoño.

Se equivocan quienes creen que el éxito de Ordóñez es exclusivamente burocrático. También reside en la intimidación. Una vez destituida Piedad Córdoba, a pesar de que la juridicidad de ese acto esté en duda, los parlamentarios tiemblan. Si le teme el presidente ¿por qué ellos no? La votación será secreta, como la de la Corte Suprema, y será unánime, como la de los magistrados de la Corte. Entonces habrá unidad nacional: la de los jueces y los congresistas, en torno al procurador. Serán tiempos de impunidad.

 

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