Por: Nicolás Rodríguez

Invitación a la lectura de un informe

Como suele ocurrir con los impactantes informes del Grupo de Memoria Histórica, algunos de los testimonios de violencia incluidos en el texto “El placer. Mujeres, coca y guerra en el bajo Putumayo” llevan a que el lector se pregunte, en evidente estado de indignación, cómo fue posible. Cómo fue posible tal nivel de sevicia. Cómo fue posible esta o esta otra violación. Cómo fue posible.

La reacción obvia es la de barbarizar a los victimarios. Un reflejo, por supuesto entendible. Porque cuando un grupo de uniformados, de cualquier ideología, la emprende sexualmente con una mujer, a la que no ultrajan hasta la muerte porque además quieren que recuerde, difícilmente se puede apelar a la razón. Entender una actitud como esa, podría pensarse, es casi que justificar.

Por consiguiente el conocimiento que tiene una mujer que fue violada en estas condiciones, su experiencia, plantea todo tipo de dilemas éticos. ¿Cómo hacer, de entrada, para contar su historia? ¿Con qué palabras? ¿La violaron, propondrá alguien, “porque” era guerrillera? ¿”Porque” era novia de un guerrillero? ¿De un paramilitar? ¿Realmente hay un “porqué”? ¿Con qué otro relato, dijéramos, se puede contextualizar su testimonio? ¿Es válido buscarle un contexto a “lo injustificable”?

Esta y otras preguntas, que no son necesariamente las que se hicieron los elaboradores del informe sobre Putumayo, son un posible ejemplo de los retos que hay para quienes trabajan con las memorias del conflicto. En esta ocasión, como queda claro en el título, no se habla inicialmente de víctimas sino de mujeres, en un esfuerzo por hacer visibles, también, las historias de resistencia y adaptación.

Lo que no quiere decir, sin embargo, que exista una renuncia a la posibilidad de armar un relato coherente a partir de una serie de memorias. Pues esta también es, para bien o para mal (de muchos), la función del Grupo de Memora Histórica. Al respecto, trascendental el papel de victimario que pudo jugar el Plan Colombia y su lluvia de glifosato.

No son estas, claro está, las palabras u opiniones de quienes colaboraron con el informe. Sin embargo, sí hay en su análisis posturas que se pueden leer como críticas frente a lo que le significó a un grupo de colombianos, sitiados por la violencia de la guerrilla, ser el conjunto de habitantes sobre el que se desplegó una enorme campaña militar contra la subversión y el narcotráfico. Por aire y tierra. Con glifosato y balas. Con las criminalizaciones de toda una población tildada de “coquera” y cómplice. Y con la propia barbarie paramilitar.

nicolasidarraga@gmail.com

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