Por: Tatiana Acevedo Guerrero

Yidis

Yidis Medina es clara. “Nací en Barrancabermeja. Mi papá es un mecánico; mi mamá, una enfermera. No aguantábamos hambre, todos trabajábamos”.

Relató cómo intercambió su voto a favor de la reelección por cuotas burocráticas en Barrancabermeja. Explicó también que quienes le prometieron los puestos no le cumplieron. Describió las estrategias que usó para reclamarle al secretario, Moreno, al ministro, Palacio, al presidente, Uribe.

Como consecuencia, en una suerte de retaliación, Yidis fue acusada penalmente de paramilitarismo, secuestro, rebelión, extorsión y hasta constreñimiento al elector. Fue sentenciada a 32 años de cárcel por el delito de secuestro (ocho años más que a Mancuso por la masacre de Mapiripán).

La historia de Yidis dice mucho sobre nosotros. Sus negociaciones como líder comunal, con el conservador Díaz Mateus, que a cambio de votos en Barranca, le prometió unos meses como congresista (y una vez electo no le contestaba ni el teléfono). Sus encuentros con los secuaces de la reelección que la “ablandaban” con invitaciones a clubes de la capital. El posterior desprecio de todos ellos, que la miraban bien por debajo del hombro. El asco con el que Palacio habla de ella. El ensañamiento de la justicia. El hecho de que por el “cohecho” que confesó, fuese la única condenada.

Yidis, la mujer “ordinaria”, “provinciana”, “igualada”, el blanco perfecto para expiar culpas. Su definición de corrupción es de lo mejor que he leído: “Cuando se hace un acuerdo político en el Gun Club o en El Nogal con los políticos de cuello blanco, es un acuerdo, pero cuando se hace con una persona de la región a la que engañan, le dicen mentiras, la tratan como lo peor sin haberles hecho nada, ya no es acuerdo, es corrupción”.

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