Por: Santiago Villa

Comienza el fin del Socialismo del Siglo XXI

La lucha política en Venezuela está en una etapa post-caudillista y Nicolás Maduro no tiene el capital político para sostener el proyecto chavista.

Una amiga extranjera me dijo hace poco: “Hugo Chávez es un héroe”. El comentario me pareció desinformado, pero luego reconocí sorprendentes coincidencias entre la vida del autócrata venezolano, y el viaje del héroe que describe el mitólogo Joseph Campbell en El héroe de las mil caras.

Chávez tuvo una cuna humilde. Entró al ejército y conoció sus aptitudes, ambiciones y limitaciones: la primera etapa del héroe que describe Campbell. El primer llamado a la aventura acontece con el golpe de Estado fallido a Carlos Andrés Pérez. Pasa dos años preso, se prepara para volver al poder, esta vez democráticamente, y conoce a quienes muchos llaman su mentor, el sociólogo alemán Heinz Dieterich Steffan. El héroe triunfa. Chávez gana las elecciones y es presidente. El héroe gobierna el reino.

Pero viene la segunda prueba, que es la más dura, cuando es diagnosticado con cáncer, en junio del 2011. Durante el tratamiento puede asumirse que Chávez sobrelleva el mítico viaje a la ultratumba y regresa fortalecido (por su motivación política y por sus medicamentos). Gana las elecciones de octubre del 2012 con un margen cómodo, pero al borde de la muerte.

El héroe sacrifica su vida por la corona. No alcanza a posesionarse como presidente de Venezuela y muere en una fecha aún incierta, entre el 30 de diciembre del 2012 y el 5 de marzo del 2013.

Se convocan nuevamente a elecciones, y Nicolás Maduro se enfrenta a Henrique Capriles. Sin embargo, Maduro no es un héroe. Depende del líder muerto, en forma de pájaro o manifestándose en la voz que difundió el gobierno por altoparlantes, y que le imploraba a Venezuela que votara por Maduro.

Sin embargo, era evidente que los venezolanos sentían una diferencia muy aguda entre los dos candidatos. En especial porque Nicolás Maduro está mucho más lejos de los electores que Chávez. La consecuencia de esta distancia fue el resultado electoral. Si confiamos en los datos oficiales, Maduro no ganó por menos de 300.000 votos en un censo electoral de 14 millones.

Esto quiere decir que ganó las elecciones, pero sin capital político. Nicolás Maduro no podrá realizar las reformas que el chavismo necesita para evolucionar hacia un proyecto independiente del caudillo muerto. La implosión ya está aconteciendo. Lo único que podría detenerla es que Maduro acelere las reformas que casi la mayoría del electorado está exigiendo y que él mismo admite que son necesarias. Durante su discurso del domingo mencionó, por ejemplo, hacer más eficiente la red energética para evitar los apagones y luchar contra la corrupción. Maduro no podrá hacer ninguna de las dos, porque no podrá gobernar con la autoridad necesaria. La corrupción le garantiza el apoyo del partido y un presidente con poca credibilidad electoral no pone a correr a un país.

Ésta será la primera y última posesión de Maduro como presidente. La simpatía de Venezuela por su líder caído no da para ganar dos elecciones. Escasamente dio para ganar una. El Partido Socialista Unido de Venezuela no podrá mantener el poder en Venezuela a menos que acuda a la violencia. La posición de Venezuela en el concierto de las naciones y la fortaleza de la oposición alrededor de Henrique Capriles, sin embargo, hace poco probable que Nicolás Maduro y su círculo acudan a un derramamiento de sangre para mantener el poder. Además el chavismo nunca ha sido sangriento. Lo que más ha distinguido a Hugo Chávez de los verdaderos dictadores que ha tenido América Latina es que Chávez no fue un asesino. Su revolución fue pacífica y medianamente democrática.

La poca credibilidad que generó la votación de Nicolás Maduro no sólo lo hace vulnerable hacia la oposición, sino hacia los copartidarios que aspiran a ocupar su lugar. Maduro probablemente pierda los primeros años consolidando las fuerzas de su partido para gobernar, mientras que la oposición prepara la revocatoria de su mandato vía referendo.

Aunque tendría que suceder algo extraordinario, o trágico, para que el referendo de revocatoria sea exitoso, el sólo hecho de que Maduro deba preocuparse por aquella estrategia le quitará todavía más atención.

Lo que más brillo podría darle en el ámbito internacional a Maduro sería que el gobierno de Colombia llegara a un acuerdo con las Farc. Esto eliminaría una cercanía con la guerrilla que en Venezuela es impopular y le anotaría una victoria a la mediación venezolana. Esto implica que una de las prioridades de Nicolás Maduro será facilitar los diálogos entre el gobierno Santos y las Farc. En este tema Maduro, el hábil diplomático, está en lo suyo.

Creo que los diálogos serán exitosos, así que la firma del acuerdo entre las dos partes será el punto más alto que tendrá el gobierno de Nicolás Maduro. Mientras tanto, en casa, verá cómo el chavismo se convierte en una dura pugna interna por el poder, y cómo la oposición aprovecha la debilidad del adversario para consolidar en las próximas elecciones el enorme avance que lograron en éstas.

Twitter: @santiagovillach

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