Por: Juan Gabriel Vásquez

La separación de Iglesia y Estado:que en paz descanse

En los cinco meses que pasé lejos de mi columna (un bienvenido retiro y a la vez una curiosa forma de tortura), llegué a la conclusión extraña de que la realidad va más de prisa cuando no se escribe sobre ella.

En estos meses ha pasado de todo: en Venezuela se ha muerto un presidente megalómano y autoritario; lo ha reemplazado un presidente igual de autoritario, pero más violento y menos carismático. En el Vaticano se ha ido un papa retardatario, derrotado incluso él por la corrupción interna de la Iglesia católica, y lo ha reemplazado un papa aún peor: no por su comportamiento cómplice durante la dictadura de Videla, ni por su negativa a colaborar con los juicios posteriores, ni por su negligencia en los casos de los bebés robados durante aquellos años lamentables, sino porque esas verdades incómodas han quedado sepultadas bajo el manto del orgullo latinoamericano. Cristina Kirchner se ufanaba en estos días de tener a un papa en Roma, al mejor futbolista del mundo en España y a una princesa en Holanda. Era una manera, por supuesto, de no referirse a lo que pasa en Argentina.

Pero nada de eso lo he vivido con tanta preocupación, y a la vez con tanta melancolía, como la guerra que se ha declarado en Colombia contra los valores del laicismo. Para todos los efectos prácticos, la separación de Iglesia y Estado ha dejado de existir: este es un país donde el presidente del Senado negocia las leyes de la República con grupos cristianos y donde todo un Congreso puede hundir un proyecto de derechos civiles sin ningún argumento de derecho civil. Lo que pasó en los debates sobre el matrimonio igualitario fue muy simple: un desconocimiento en toda regla del principio de igualdad ante la ley. A un colectivo de ciudadanos se le negó un derecho del que gozamos los miembros de otro colectivo, y se hizo con argumentos religiosos y por razón de eso que suele llamarse identidad sexual. Jurídicamente, en nada es distinto aquello de negarle el voto a una mujer por ser mujer, o a un judío por ser judío. Pero estas verdades simples no se oyeron en el Congreso, o fueron obliteradas por la gritería histérica y las obsesiones sexuales de Roberto Gerlein, ese lamentable personajillo.

A la cabeza de este nuevo fundamentalismo está el procurador general de la Nación. Ordóñez, como se sabe, es lefebvrista: es miembro de una fraternidad que, siguiendo los principios declarados por su fundador, rechaza el ecumenismo (la igualdad de todos los credos cristianos) y la libertad religiosa. Ha utilizado el enorme poder de su puesto para desconocer o atacar derechos reconocidos por las leyes y la Constitución, y lo ha hecho ante el silencio pusilánime de un Congreso de enanos que actúa, o deja de hacerlo, por temor a sus represalias. Así las cosas, no hubiera debido sorprenderme lo que sucedió en días pasados en el programa de radio de Néstor Morales, cuando Héctor Abad le dio a Ordóñez la oportunidad de ponerse del lado de la gente decente: le preguntó si él, como varios obispos lefebvristas, negaba la ocurrencia del Holocausto. Ordóñez se despidió y colgó el teléfono sin responder. ¿Qué tipo de individuo guarda silencio frente a un asunto semejante? La pregunta debería inquietarnos. Que no lo haga es testimonio del país en que nos estamos convirtiendo.

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2013-05-09T23:00:00-05:00

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