Por: Aura Lucía Mera

Jericó y la santa

Llevo años con ganas de conocer Jericó.

Un pueblo idílico incrustado en el corazón de Antioquia, enmarcado por ríos, cuna de personajes irrepetibles, escritores, religiosos, bohemios, católicos a ultranza y ateos convencidos.

Jericó, lejano y seductor. Su cementerio cuidado con un ángel gigantesco traído en piezas de mármol y armado con fervor y pasión. Paradójicamente, un cementerio sin muertos, porque la mayoría de sus ilustres habitantes habían emigrado a la ciudad. Un buen día la extensa familia Abad se puso en contacto unos con otros y decidieron recoger en los diferentes camposantos del país las cajitas con las cenizas de los antepasados y peregrinar hasta depositarlos bajo las alas del gigantesco Ángel.

Jericó es la cuna de los carrieles. La imaginación de Manuel Mejía Vallejo nació entre esos paisajes. Se los bebió y los plasmó en prosa impecable que lo catapultó a la inmortalidad. El arzobispo de Cali, un personaje único, Darío Monsalve, también dio sus primeros pinitos en esa tierra mágica.

Ahora Laura Montoya, la monja rebelde que se saltó barreras, recibió críticas, los fariseos de turno ensotanados la rechazaron, se fue a la selva “a convertir” indígenas, hecho que reprocho y no comparto, pues forma parte de la vulneración de las etnias, de las identidades y que desde la conquista comenzó el exterminio paulatino de estos seres, incontaminados y puros. Laura dedicó su vida a los demás, como tantas mujeres que lo hacen sin hábitos y sin alharaca.

Personalmente no creo en los santos. Los papas de turno los fueron inventando a su acomodo, algunos quitaron a varios, tal vez le tenían inquina a Santa Bárbara, que se supone nos protegía de los rayos y nos dejó a la intemperie en las tormentas y los huracanes. A Santa Lucía la bajaron de un tajazo, tal vez para que nos quedáramos tuertos y no viéramos la corrupción rampante y globalizada.

Los santos siempre me han parecido como los intermediarios, sobran. Es mejor hacer el negocio o establecer la comunicación directamente con el jefe.

Rechazo que el Opus Dei hubiera forzado a Juan Pablo II a canonizar a Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Todopoderoso y soberbio Opus Dei, a condición de que después lo canonizaran a él. La racha de santos que Juan Pablo II subió a lo altares supera cualquier cifra creíble.

En mi concepto, muy personal, creo que con todo el comercio de escapularios, medallitas, pedazos de hábito y peregrinaciones, a la larga, y con toda la novelería de estrenar santa, se van a tirar a Jericó. Ojalá no. Por ahora me quedé sin conocerlo. Amén.

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