Por: Alfredo Molano Bravo

Alianza del Pacífico

DE TANTO EN TANTO A NUESTROS gobiernos les da el embeleco de mirar lejos, de volverse visionarios y de encarretarse con el Pacífico.

Betancur habló del canal Atrato-Truandó; Samper, del Bioparque del Darién; Barco, bajo el lema “menos ocio, más negocio” –hacía las dos cosas muy bien– fortaleció las relaciones con Japón, China, Filipinas, y casi no vuelve por culpa de una diverticulitis cuando llegaba a Corea. Preparando al país para esa apertura que nos sacaría de pobres, inició la construcción del puerto de aguas profundas de Bahía Cupica y su comunicación con el Eje cafetero por medio de una gran autopista. Propuso también la construcción de otra autopista y un ferrocarril entre el mismo puerto y Turbo, el “canal seco”, que llaman. Para rematar, inició obras de ampliación de los puertos de Tumaco y Buenaventura.

Esta semana se inauguró en Cali la VII Cumbre de la Alianza del Pacífico con bombo y platillos. Corrieron las declaraciones de la importancia estratégica de la cuenca, de los fabulosos negocios, del eslabonamiento productivo, de los intercambios tecnológicos y culturales; del mundo de oportunidades para los productores de cosméticos y caramelos, para los cultivadores de uchuva y granadilla, y sobre todo, para los exportadores de carbón y petróleo. Los invitados, todos estrenando vestidos de lino, se dieron al coctel, al abrazo, a la felicitación mutua. Se abrirán embajadas y consulados en Asia, se creará una visa de la alianza; los capitales irán de aquí para allá y los técnicos de allá para acá, los “operarios” –como los bautizaron ahora– podrán ir felices a trabajar en las maquilas de Singapur. Un aire despectivo y arrogante recorrió pasillos y lobbies de los hoteles en relación con Brasil, Argentina, Venezuela. Ecuador no asistió y, por razones evidentes, tampoco Bolivia. Como quien dice, con Mercosur nada. Fuera del billete, escribió Beatriz Miranda en El Espectador, la Alianza se sostiene en pactos políticos militares “tácitos no divulgados”.

Tanto desarrollo y tanta belleza a mí me parecen siempre sospechosos. El impulso que Barco dio a los grandes proyectos de desarrollo terminó, sin proponérselo, sin duda, en impulsar al mismo tiempo otros negocios como el –ese sí fabuloso– del narcotráfico. El mejoramiento de puertos para embarcar café es una obra bonita, claro está. Pero también sirve para “preñar” los barcos con cargamentos de cocaína en alta mar. La carretera Las Ánimas-Tribugá, otra obra de progreso y civilización que no sólo servirá para sacar piña de Risaralda, sino para llevar coca al puerto; el mejoramiento de la carretera Pasto-Tumaco facilita el transporte de aceite de palma, pero también la movilización de retroexcavadoras para sacar oro de Telembí. Inevitable, es cierto, pero así mismo doloroso porque el litoral pacífico colombiano se ha convertido en un campo de batalla gracias al desarrollo y a la guerra contra las drogas. La más dramática evidencia es lo que está pasando en Buenaventura, pero también en Tumaco y en Bahía Solano. Buenaventura es escenario de un verdadero etnocidio. Los barrios de bajamar de la ciudad están en manos de dos bloques de paramilitares: los Urabeños y la Empresa. En octubre del año pasado fueron asesinadas 83 personas; hasta ese mes habían sido reportadas 70 personas desaparecidas. En los últimos 12 años hay más de 600 denuncias de gente desaparecida. La Policía dice que los índices han bajado y los pescadores dicen que lo que pasa es que los cuerpos son picados y botados en los manglares. Las autoridades explican la matazón con el cuento de que son problemas entre paramilitares y guerrillas. Sin duda existe esa guerra a muerte, pero ¿por qué se da en bajamar? ¿Por qué hoy hay 43 barrios de la ciudad controlados por los Urabeños y por La Empresa? La respuesta que da uno de los trabajadores sociales de la ciudad es contundente: “Estamos hablando del desalojo masivo de la población ubicada en la zona de bajamar, aproximadamente 17.500 familias que han vivido históricamente allí y que hoy el Gobierno quiere reubicar para construir un malecón portuario y, en general, para la expansión portuaria, lo que ha generado la zozobra entre la población ante un inminente desalojo”. Hace tres años el obispo de la Diócesis me había señalado idéntica causa.
Entre coctel y coctel, en la VII Cumbre, sin duda se habló de los negocios de blancos y de los ocios de los negros, pero no se debió oír ni una sola palabra sobre la sangre que corre por nuestra “ventana al Pacífico”.

 

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