Por: María Elvira Samper

Dios los cría y ellos se juntan

El caso de la presidenta de la Corte Suprema de Justicia, Ruth Marina Díaz, y el crucero que hizo por el Caribe —según ella, regalo de su hijo—, gracias a una licencia remunerada que le permite la ley, pero que ni parece ajustada a los requisitos de la norma, ni la estresada viajera ha podido justificar, es sólo una anécdota más del entramado clientelista de favores cruzados que han tejido magistrados de las altas cortes, y el mismísimo procurador Ordóñez (magistrado durante 20 años y generoso con la nómina de la Procuraduría para otorgar cuotas a magistrados de su cuerda), que se apresuró a salir en defensa de Díaz e intentó restarle importancia al relajante viaje.

No era para menos, pues a Díaz y a Ordóñez no sólo los une el paisanaje y una estrecha amistad que data de los tiempos universitarios y del ejercicio profesional en los tribunales de Santander, sino —más importante aún— el papel clave que ella cumplió para que la Corte ternara a su aliado, con miras a una reelección que fue cocinada a fuego lento en los jugos del clientelismo.

Y es que la magistrada Díaz, que se mueve con mucha habilidad entre algunos caciques de la Rama Judicial y ha logrado consolidar mucho poder, forma parte de una de esas roscas enquistadas en los altos tribunales, que en esta oportunidad se disputan, en el seno de la Corte Suprema, la silla de la Sala Civil que Jaime Arrubla dejó vacía hace año y medio. Fue entonces cuando se acordó que su reemplazo debía venir de la academia o del ejercicio privado, y no de la Rama Judicial, con el propósito de que la sala fuera más diversa. En la lista de 15 elegibles figuraban de unos y de otros, pero como en estos 18 meses y luego de numerosas votaciones ninguno de los opcionados logró sacar los votos necesarios, algunos magistrados encabezados por la presidenta propusieron revisar la lista y pusieron sobre el tapete el nombre de Jaime Araque, magistrado del Tribunal de Bogotá y excolega de Díaz, que —curiosa coincidencia— también viajó en el crucero que ella y otras tres colegas hicieron por el Caribe.

El lobby de la presidenta de la Corte en favor de Araque no sólo rompía el acuerdo (lo de menos, pues pocos estaban dispuestos a honrarlo), sino que reducía las posibilidades de aspirantes también provenientes de la Rama Judicial, como Araque, que son los motivos que explican por qué salió a flote el crucero que hoy la tiene con el agua al cuello. La venganza de uno o algunos de sus colegas que apoyaban a otros candidatos fue filtrar el dato del viaje para ponerla en la picota. Y lo lograron, pero también volvieron a poner al desnudo la impúdica red de favores cruzados, el clientelismo y la endogamia de las altas cortes, una situación que repugna no sólo por inmoral, sino por ilegal, pues según el artículo 53 de la Ley Estatutaria de la Administración de Justicia, “los magistrados de la Corte Suprema de Justicia, de la Corte Constitucional, del Consejo de Estado, del Consejo Superior de la Judicatura, de los Tribunales, los jueces y los fiscales (…) una vez elegidos o nombrados, no podrán nombrar a personas vinculadas por los mismos lazos con los servidores públicos competentes que hayan intervenido en su postulación o asignación”.

Es necesario cambiar el sistema de elección de los magistrados de las altas cortes, hacer más estricto el régimen de inhabilidades, elevar el nivel de los requisitos, hacerlo por concurso de méritos e incluso someter los nombramientos a un proceso de confirmación, para que a ellas lleguen los mejores, los más idóneos y los más capaces, y no los mediocres que forman parte de las roscas, como está sucediendo. Es pensar con el deseo. Mientras tanto, el clientelismo —una variante de la corrupción— seguirá su carrera y la calidad de la cúpula judicial en franco deterioro.

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2013-06-01T23:00:00-05:00

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2013-09-18T17:14:00-05:00

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