Por: Jorge Iván Cuervo R.

La fragilidad de la democracia

El sistema democrático es frágil ante muchos fenómenos que se alimentan de dicha fragilidad, como bien lo planteó el filósofo francés Claude Lefort acerca del carácter inestable de la democracia, siempre expuesta a ser confrontada o sustituida por otro tipo de orden político.

En el mundo moderno, los principales enemigos de la democracia son: el totalitarismo —de hecho, es su antítesis, en términos de Lefort—, las distintas variantes de fanatismo civil y religioso, el populismo en sus distintas variantes, y más recientemente el terrorismo y la corrupción.

Sin embargo, no se ha hecho el énfasis en que todos estos fenómenos se alimentan de la poca capacidad que tiene la democracia para cumplir sus propias expectativas, especialmente la de un bienestar social mucho más equilibrado e incluyente.

En un excelente libro, Eric D. Weitz documentó cómo el deterioro de la calidad de vida de los alemanes, sumado a unas duras condiciones impuestas en el Tratado de Versalles prefiguraron el ascenso del nazismo por métodos democráticos. El fanatismo religioso en países del Medio Oriente ha impedido que germine el sistema democrático, y de paso ha contribuido a la expansión del terrorismo islámico, una secuela más o menos previsible de la idea de Occidente de querer implantar la democracia a cualquier costo, y que filósofos como Michel Onfray han denunciado para entender los ataques terroristas en Francia, Bélgica y España.

De la mala calidad democrática, de su ineficacia en asegurar mejores condiciones de vida para todos los ciudadanos, se alimenta el populismo, y para entenderlo tenemos a Venezuela al lado, con el chavismo (degradado en maduro-diosdadismo), una mezcla de caudillismo militar autoritario y populista que empezó por una crisis de representación de los partidos (los del Pacto del Punto Fijo) y una debilidad institucional incapaz de frenar los abusos del Poder Ejecutivo que terminó, vía una Asamblea Constituyente ilegítima, concentrando todos los poderes del Estado.

La oposición de derecha (¿?) en Colombia ha sostenido que el acuerdo con las Farc pone en riesgo la democracia. Especialmente el uribismo, señalando que curules directas, participación en política de sus líderes sin haber pagado por sus crímenes, beneficios económicos y de participación, entre otras gabelas, son concesiones inadmisibles que ponen en riesgo el sistema democrático y es la vía para la llegada del castrochavismo. Si se mira con cuidado, en este escenario de transición política el juego que se les da a las Farc es marginal y difícilmente lograrán tomarse el poder por esa vía —quiero verlos disputándoles los votos a los Ñoños & Cía.—; es posible que en algunos territorios donde han hecho presencia histórica, en departamentos como Caquetá, Meta, Huila, Putumayo, puedan tener algunos logros electorales en concejos y alcaldías, como en su momento lo hizo la Unión Patriótica, partido que surgió del acuerdo con las Farc en el gobierno de Belisario, pero de ahí a decir que la democracia colombiana corre peligro por el acuerdo, hay un largo trecho.

Pero la corrupción sí nos puede llevar al colapso democrático, en la medida en que, desprestigiados los partidos políticos, la administración de justicia sumida en su cúpula en una crisis ética sin precedentes y caudillismos de izquierda y derecha agitando el discurso, con aderezo moral y religioso entremedio, en el marco de un rechazo social importante al acuerdo con las Farc, el populismo puede encontrar terreno fértil para una suerte de restauración antidemocrática, muy del tono de la Regeneración de Núñez, como bien lo documentó Guillén Martínez.

En el 2018 nos jugamos nuestro futuro democrático.

@cuervoji

 

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