Por: Juan Carlos Botero

Un ignorante hijo de perra

En una de las grandes películas de Steven Spielberg, Puente de espías (Bridge of Spies), basada en hechos históricos, el personaje principal, el abogado James Donovan, interpretado por Tom Hanks, toma asiento en un bar para conversar con un hombre que lo ha estado siguiendo en la lluvia. En esos días Donvan ha asumido el caso más difícil de su vida: ser el defensor de Rudolf Abel, un hombre mayor y sencillo acusado de ser un espía en EE. UU. para la Unión Soviética. Donovan opina que Abel se merece un juicio con todas las garantías, pero defender al espía, cuando el país entero desea que lo condenen a muerte por traición a la patria, bordea el suicidio profesional.

Sentados en el bar el desconocido ofrece su documento de identidad. Trabaja para la CIA, y quiere que el abogado le cuente qué le ha dicho Abel. Donavan le contesta que esa conversación no la pueden tener: él es su defensor judicial, y tiene que guardar la confidencialidad con su cliente. Entonces el otro le pone las cosas en claro: Mire, Donovan, le dice. Entiendo esas leguleyadas, y entiendo que así es como usted se gana la vida. Pero aquí hay algo más grande en juego: la seguridad de su país. De modo que lo lamento si esto le molesta u ofende, pero nosotros tenemos que saber lo que Abel sabe, y necesitamos que usted nos diga lo que él le ha dicho. Aquí no hay manual de reglas, y no me venga con actitud de boy scout a estas alturas.

Sereno, Donovan observa al agente de la CIA, y su respuesta es ésta: Su apellido es Hoffman… ¿correcto? Sí, contesta el otro. ¿De origen alemán? Sí, ¿y qué? Mi apellido es Donovan, irlandés por ambos lados, madre y padre. Entonces usted es alemán y yo soy irlandés, pero ¿qué es lo que nos hace americanos? Una sola cosa, explica el abogado. El manual de reglas. Nosotros lo llamamos la Constitución. Todos estamos de acuerdo con esas reglas y eso es lo único que nos hace americanos. Entonces no me diga que no hay manual de reglas, y no me sonría así, hijo de perra.

Esto es lo que los racistas en EE. UU., empezando con Donald Trump, no han entendido. EE. UU. es un país creado con base en una idea: igualdad y libertad. Para todos. En la práctica se ha tropezado mucho en su implementación, pero la tarea del presidente es acercar a la nación, cada vez más, a esa meta, no distanciarla. Lo que rige la vida pública no es la Biblia, y menos la Biblia mal interpretada. Son la Constitución y la Declaración de Independencia. Y se han librado dos guerras, una civil y otra mundial, con millones de muertos, para proteger esos derechos y garantizar esa igualdad. Para defender una idea: que no importa el color de la piel, ni el lugar de origen, ni las creencias religiosas: lo que importa es que los ciudadanos de ese país son iguales ante la ley y tienen los mismos derechos, empezando con la libertad.

La verdad es ésta: una persona buena y una persona racista son incompatibles. No puedes ser lo primero si eres lo segundo. Y las ideas que deben ser ignoradas por absurdas o rechazadas por extremas adquieren validez cuando las apoya el jefe de Estado. ¿Será que ahora sí sabrán lo que hicieron todas las personas que votaron por Trump? Pusieron a un racista en la Casa Blanca. Otro hijo de perra que ignora el manual de reglas, y cuya ignorancia genera la peor violencia de todas.

 

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