Por: Ignacio Zuleta

Columna de Papel

El amanuense medieval habría perdido su puesto si su señor hubiera conocido algún software de reconocimiento de voz.

O quizá no. Porque aunque los vehículos técnicos de la literatura cambien y parezcan perfeccionarse con el tiempo, cada fase del circuito de creación-escritura-edición-impresión sigue siendo fundamental. El proceso de la creación literaria parece no tener atajos.

El teorema de los infinitos monos, en una de sus muchas versiones, propone que un número infinito de primates tecleando al azar lograrían en un tiempo infinito producir un texto coherente. Hoy harían un gran libro, alguno de la biblioteca de Babel, con un tiempo infinitamente más corto. Disfrutarían de los teclados suaves y táctiles del iPad en vez de los martillos duros de la máquina de escribir. Y reflejarían necesariamente un cambio en las gramáticas de la creación, que se ven afectadas por la aceleración electrónica adicional de procesos neuronales asistidos. Hasta querrían los monos probar algún software de reconocimiento de voz.

Muchos pueblos, por andar cultivando otras honduras, no “descubrieron” o “inventaron” el alfabeto, y su sabiduría oral se ha ido erosionando sin el apoyo de la letra dura y rodeados de tanta letra muerta e impuesta. Los registros literarios escritos como los producidos en sánscrito hacen mapas valiosos para que las civilizaciones no tengan que inventar(se) de cero cada vez. Por eso fue tanto lo que perdimos con la quema de la Biblioteca de Alejandría. ¿O acaso es precisamente esa falta de memoria lo que mantiene la flexibilidad adaptativa y evolutiva? ¿No será también fundamental poder transformar la concepción del universo en una noche de charla ancestral alrededor de un fuego viejo?

La sofisticación de la electrónica al servicio de la expresión y la memoria humana es bienvenida. A pesar de que sentimos el mismo amor, la misma muerte y la misma felicidad que nuestros humanos de hace siglos, la cibernética ha obligado a aumentar ciertos recorridos neuronales y ha impuesto un vértigo al conocimiento y a sus narrativas. Pero para que esta tecnología pueda considerarse como camino para la realización plena de la especie se requiere de un sustrato ético, espiritual y estético que pueda encauzar los nuevos descubrimientos hacia metas trascendentes, para incluso solucionar las necesidades básicas y no quedarnos en el tedio del entretenimiento inmediato.

Como siempre, cada vez que nos enfrentamos a nuevas herramientas es importante considerar los propósitos para los cuales pueden servir. Si la técnica va más rápido que el pensamiento científico y su ética, así como las palabras dichas van más rápido que el texto escrito, bien vale detenernos un segundo y preguntarnos por su utilidad para conectarnos con lo esencial. Sería arrogante creer que la sofisticación electrónica significa evolución cuando, aun con iPads, no somos más que los mismos infinitos monos tecleando a ciegas.

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